La columna de Bogani

 Lo que vemos ya no está intacto


Salgo a la calle y el mundo viene conmigo: la luz en los balcones, el polvo que sube detrás de un colectivo, un hombre que cruza con su pan bajo el brazo. Nada me esperaba y, sin embargo, todo parece haber guardado un sitio para mi mirada.


Miro, y las cosas se abren. No porque yo las comprenda: se abren como se abre el cielo sobre quien camina sin saber adónde va. En cada rostro pasa una vida entera que no me pertenece y que, por un instante, también me incluye.


La mirada no recibe el mundo como quien recoge una carta. Lo toca. Le deja algo de su hambre, de su asombro, de su breve eternidad. Y el mundo, que hasta entonces parecía completo, ya no es el mismo: lleva ahora la marca secreta de haber sido visto.


Quizá por eso seguimos mirando. No para poseer lo que aparece, sino para entrar, apenas, en su misterio. Después cada cosa vuelve a su silencio, pero algo queda entre ella y nosotros: una claridad que no estaba antes, o que estaba desde siempre, aguardando nuestros ojos.


Guillermo Bogani

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