La palabra que vuelve
El domingo volveremos a hablar de las madres. Habrá regalos, flores, mesas preparadas y una fecha que, como tantas otras, corre el riesgo de quedar atrapada en las cosas que se compran. Pero una madre no cabe en un día ni en un paquete. El día puede servir, sin embargo, para recordar algo que a veces dejamos para después: acercarnos y abrazarla.
Una enfermera de terapia intensiva me contó que, entre las palabras que dicen los enfermos, hay una que vuelve con una frecuencia que no sorprende y, sin embargo, conmueve: mamá. La dicen personas de edad avanzada, hombres y mujeres enfrentados a una enfermedad grave, como si en el límite de la fuerza reapareciera el primer nombre del mundo. No es una explicación; es apenas una escena. Pero acaso alcance para entender que antes de que supiéramos pedir ayuda, alguien ya estaba allí.
La madre fue nuestro primer hogar: el cuerpo que nos sostuvo, la voz que aprendimos a reconocer, el lugar al que acudíamos con un dolor que todavía no sabíamos nombrar. Después crecimos y encontramos otros amores, otras formas de cuidado y de compañía. Nada de eso disminuye aquel origen. En muchas madres persiste una forma singular de la incondicionalidad: la posibilidad de volver, aun con nuestras derrotas, sin tener que presentar demasiadas explicaciones. La puerta —real o invisible— sigue abierta.
Tal vez por eso cuesta tanto abrazarlas. Pasamos el año suponiendo que ya saben cuánto las queremos; a veces nos acercamos con palabras, pero nos guardamos el beso, la mano, ese abrazo entero que no necesita decir nada. No conviene esperar a la enfermedad para reparar esa distancia. El domingo puede ser una buena ocasión, no porque el calendario haya descubierto el amor, sino porque nos ofrece un pretexto para practicarlo.
El domingo nos recuerda algo que no debería depender del calendario: una madre está también en los días comunes, en la preocupación que no anuncia, en la alegría con que recibe una noticia, en esa disponibilidad que uno descubre cuando vuelve a necesitarla. Quizá por eso el regalo que más espera no tenga forma de objeto. A veces le alcanza con la presencia del hijo, con su sonrisa, con saber que está bien; otras veces, con que se siente un rato a su lado y la abrace.
Si todavía podemos, vayamos a abrazarla. No hace falta encontrar una frase justa: a veces alcanza con sentarse a su lado, tomarle la mano y quedarse un rato. Y si el abrazo tarda en terminar, mejor: hay afectos que por fin encuentran su manera de decirse.
Guillermo Bogani
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