La columna de Bogani

 Cuando llega el dolor


Cuando llega el dolor, la realidad cambia de cara. No porque el mundo se haya transformado de un día para el otro, sino porque uno ya no puede mirarlo desde el mismo lugar. Lo que parecía urgente pierde tamaño; ciertas cosas pequeñas, que antes pasaban inadvertidas, empiezan a ocupar todo el espacio. 

De pronto, la vida se mide con otra vara.


El dolor trae preguntas que no siempre se animaban a aparecer. ¿Qué necesito ahora? ¿Quién está? ¿A quién puedo llamar sin preparar demasiado las palabras? También muestra quién no está, aunque uno no quiera convertir esa ausencia en una condena. Cada persona tiene sus límites, sus miedos, sus propias maneras de alejarse. Pero uno aprende, a veces con una tristeza difícil de explicar, con quién cuenta y de qué modo.


Y aprende algo de sí mismo. No necesariamente una verdad definitiva, de esas que ordenan una vida entera. El dolor no vuelve sabio a todo el mundo ni entrega respuestas como quien abre un sobre. A veces confunde, agota, encierra. A veces uno descubre que tiene una fuerza que no sabía; otras, que ya no le queda casi ninguna y que necesita apoyarse en alguien. Reconocerlo también es una forma de saber quién es uno: no el que imaginaba ser en los días fáciles, sino el que puede ser ahora, con lo que tiene.


Entonces aparece el tiempo. No como una idea, sino como una pregunta concreta. ¿Cuánto queda? ¿Qué hice con lo que me tocó? ¿A quién quise bien? ¿Qué dejé para después creyendo que después era una habitación segura, siempre disponible? El dolor no responde. Apenas corre un poco las cortinas y deja entrar una luz incómoda sobre las decisiones, las postergaciones, las cosas que todavía podrían hacerse.


Cada uno reacciona como puede. Hay quien se aferra a la esperanza; hay quien se cansa de tener que ser fuerte. Hay quien habla y quien no encuentra palabras. No existe una medida justa para atravesar el dolor, ni una obligación de salir de él convertido en alguien mejor. A veces el único logro es llegar al final del día. A veces es aceptar que hoy no se puede con todo.


Cuando llega el dolor, llega también una parte de la verdad. No toda, porque nadie puede mirar su vida entera desde un instante. Pero alcanza para ver qué importa, qué falta, qué ya no se puede fingir. Y quizás, al caer la tarde, uno comprenda que no necesita resolverlo todo. Que alguien está cerca. Que otro no pudo llegar. Que queda una habitación en silencio, una taza sin tocar, el cuerpo pidiendo descanso.


El dolor sigue ahí. La vida también. Por ahora, tal vez, no haga falta decir nada más.


Guillermo Bogani

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