«El poder de la palabra en relación con las disposiciones del alma guarda la misma relación que el poder de los medicamentos en relación con las disposiciones del cuerpo». La frase pertenece a Gorgias de Leontini, filósofo griego del siglo V a.C., quien comprendió tempranamente el poder de la palabra y lo comparó con el pharmakon, término griego que podía referirse tanto a un remedio como a una sustancia capaz de producir daño. Para Gorgias, algunas palabras podían provocar dolor, otras alegría, miedo o incluso valor.
No hay nada novedoso, entonces, en descubrir que las palabras pueden enfermarnos o curarnos. Lo novedoso son las formas en que hoy ese pharmakon llega hasta nosotros.
Basta abrir cualquier medio de comunicación para ser bombardeados continuamente con noticias, imágenes y palabras. Y muchas veces son amenazas.
La guerra en Ucrania continúa tensionando a Europa; Rusia utiliza también ataques cibernéticos, sabotajes y otras formas de presión. Estados Unidos y Europa atraviesan nuevas tensiones comerciales, mientras Donald Trump ha llegado a amenazar con fuertes aranceles e incluso con cortar el comercio con Europa si la Unión Europea profundiza determinados acuerdos con Canadá.
Argentina y Gran Bretaña vuelven a enfrentarse diplomáticamente por la explotación petrolera en las Islas Malvinas, mientras una decisión judicial argentina acaba de ordenar detener el proyecto Sea Lion.
Y cuando parecía que las amenazas eran suficientes, apareció también la inteligencia artificial. Jacob Coxon, ex investigador de Anthropic, advirtió recientemente sobre la posibilidad de que una IA avanzada pueda llegar a representar un riesgo existencial para la humanidad durante esta década. Otros investigadores han formulado advertencias similares, aunque no existe consenso sobre cuándo, cómo o siquiera si ocurriría un escenario de esa magnitud.
Pareciera que la cantidad de noticias ya no nos hace mella. Sin embargo, las repetimos una y otra vez. Repetimos las explicaciones de expertos —que algunas veces lo son y otras no—, las conversamos en el bar, las llevamos a nuestra mesa, a nuestros hijos y a nuestro trabajo.
Después nos sorprende estar cada día más cansados.
Quizás estamos cada vez más envenenados.
La solución nunca será negar la realidad, sino devolverle a cada hecho su justa medida. Frente a una amenaza cierta, la pregunta debería ser: ¿qué puedo hacer yo al respecto?
Ante las grandes amenazas de la geopolítica internacional, probablemente poco. Pero hay algo que sí está a nuestro alcance: no sobrealimentarlas. Podemos conocerlas, interpretarlas, digerirlas desde nuestra fe o nuestro conocimiento —que no tienen por qué excluirse— y recuperar algo que tanta falta nos hace: la confianza. Y, sobre todo, no perder la esperanza.
Miremos alrededor. La realidad también está allí: en el vecino, en quien perdió su empleo, en el niño que va a la escuela, en quien cada día hace su esfuerzo para que todo siga funcionando.
Después de todo, si la inteligencia artificial aprende de nosotros y puede convertirse en una herramienta maravillosa, ¿por qué no multiplicamos también por millones esos pequeños gestos que enseñen que los seres humanos no somos una amenaza?
Quizás ese sea el verdadero pharmakon: utilizar la palabra, y nuestra propia vida, para demostrar que todavía podemos hacer de este mundo un lugar mejor para todos.

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