Para celebrar la amistad
—Dibújame un cordero.
—¿Por qué un cordero?
El Principito sonrió.
—Porque todavía no sé… si seguís siendo capaz de verlo.
Busqué un lápiz.
Muchos años antes había dejado de dibujar. Los grandes me habían enseñado que los dibujos no servían para reparar motores, ni para ganar dinero, ni para evitar que un avión cayera en el desierto.
Pero aquel chico no me pidió un dibujo.
Me pidió una parte de mí que yo había dejado de usar.
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—¿Los amigos hacen eso? —le pregunté.
—Sí.
—¿Qué cosa?
—Te devuelven algo que era tuyo y que ya no recordabas.
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Mientras yo intentaba arreglar un motor, él intentaba salvar una rosa.
Durante mucho tiempo creí que mi preocupación era más importante.
Después comprendí que un motor puede volver a funcionar.
Pero una sola flor puede sostener un universo entero.
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—¿Sabés cuándo empieza una amistad? —me preguntó.
—No.
—Cuando dejás de preguntarte si el otro tiene razón y empezás a preguntarte por qué le duele.
Caminamos mucho por el desierto.
Yo buscaba agua.
Él parecía buscar otra cosa.
—¿Qué estás buscando? —le pregunté.
—Que descubras que el agua nunca viene sola.
Trae la caminata.
Trae el cansancio.
Trae las estrellas.
Trae el silencio.
Trae a la persona con quien la encontraste.
Por eso el agua también puede tener memoria.
Después hablamos muy poco.
Las amistades verdaderas no necesitan llenar el aire de palabras.
Hay silencios que sólo aparecen cuando dos personas ya dejaron de sentirse solas.
—¿Qué hace un amigo? —volví a preguntarle.
El Principito tardó mucho en responder.
Después levantó un puñado de arena.
El viento se la llevó.
—Impide que desaparezcas.
—No entiendo.
—Todos desaparecemos un poco cada día.
Los grandes desaparecen detrás de los números.
Los vanidosos, detrás de los aplausos.
Los hombres de negocios, detrás de sus cuentas.
Los reyes, detrás de sus órdenes.
Los amigos hacen otra cosa.
Te recuerdan quién eras antes de perderte.
Y, cuando volvés a olvidarlo, vuelven a buscarte.
Entonces comprendí que él no había llegado al desierto para encontrar un pozo.
Había llegado para encontrar un testigo.
Alguien que pudiera seguir pronunciando su risa cuando él ya no estuviera allí para reír.
Y comprendí también que yo no había caído en el desierto por un accidente.
Había caído para aprender que hay encuentros que duran unos pocos días y, sin embargo, alcanzan para cambiar toda una vida.
—¿Y si un amigo se va? —le pregunté casi en voz baja.
El Principito miró las estrellas.
—Si fue verdaderamente tu amigo, no se va del todo.
Aprende otra manera de quedarse.
Han pasado muchos años desde aquella conversación.
A veces los grandes me preguntan por qué sigo mirando el cielo.
Yo no sé cómo explicarles que hay personas que, cuando parten, no nos dejan solamente un vacío.
Nos dejan una forma distinta de mirar el universo.
Éste sigue siendo para mí el paisaje más hermoso y también el más triste.
Si alguna vez, viajando por el desierto, encuentran a un chico de cabello dorado que se ríe, hace preguntas extrañas y parece no responder nunca las de ustedes, no tengan miedo de dejar por un momento aquello que estaban haciendo.
Tal vez sólo quiera que le dibujen un cordero.
Y tal vez, sin saberlo, esté empezando una amistad capaz de impedir que los dos desaparezcan.
Guillermo Bogani
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