La IA: “el octavo pasajero”

 


El verdadero riesgo de la inteligencia artificial radica en que es un sistema diseñado para superar al cerebro humano y que, de hecho, ya lo hace en múltiples disciplinas
​Sergio Fuster
Viernes, 18 de septiembre de 2026, 09:39 h (CET)

Desde 1945, con la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, quedó en evidencia que el ser humano había alcanzado un poder supremo: la capacidad de llevar al planeta a su propia extinción. Fue allí cuando los mitos del fin del mundo, aquellos que estaban solamente en la literatura apocalíptica, adquirieron fundamentos reales. No obstante, y a pesar del horror latente, estas armas escatológicas se mantienen —hasta donde sabemos— bajo el estricto control de ciertos Estados. El temor constante es que el tablero geopolítico se desestabilice o que estos recursos caigan en manos de facciones extremistas. Sin embargo, mientras vigilamos los arsenales nucleares, es probable que hayamos creado un “Gólem” aún más peligroso: la Inteligencia Artificial (IA).


El verdadero riesgo de la IA radica en que es un sistema diseñado para superar al cerebro humano y que, de hecho, ya lo hace en múltiples disciplinas. Quienes la minimizan argumentan que los humanos poseemos sentimientos y límites morales, elementos de los que la máquina carece. Esto es muy cierto. Pero es precisamente esa orfandad ética la que la vuelve temible. Por primera vez en la historia, el ser humano es desplazado como el supuesto "rey de la creación". En esta transición, el Antropoceno —la era marcada por el impacto humano en la Tierra— ha sido rebasado por el Tecnoceno: una nueva era donde un sistema maquinal puede opacar a su creador, volverse autónomo y causar estragos cuyas dimensiones reales aún no logramos medir.


El problema se profundiza aún más cuando entendemos que la IA no se limitará a nuestros soportes digitales cotidianos, como teléfonos o computadoras. Su evolución natural apunta a integrarse en plataformas robóticas autónomas, es decir, humanoides; entidades con extremidades funcionales, capacidad de autotransporte y aptitud para tomar decisiones ejecutivas más allá de nuestro control, desprovistas de cualquier límite ético o emocional.


Hemos engendrado un “ente” no humano, un “Alien” que está entre nosotros, que simula ser amigable, que interactúa realmente como un “otro” y que tiene el potencial cierto de desplazarnos. Paradójicamente, pareciera que la invasión a nuestro planeta no llegará desde el espacio exterior como creía la mitología ufológica, sino desde nuestro propio entramado técnico: una mente colmena artificial y superior dispuesta a colonizarnos.


¿Mitología? ¿Ciencia ficción? ¿Fantasías de “clase B”? Hace pocos años la respuesta habría sido un rotundo sí. Habríamos argumentado que se trataba de simple literatura, creencias extravagantes y de un gran exceso de imaginación. Hoy es una posibilidad fáctica que ya genera alarmas profundas entre los mismos expertos del sector. El monstruo del doctor Frankenstein ha cobrado vida propia y está al acecho. ¿Qué será lo que diremos mañana? Lo que podamos llegar a decir en un futuro inmediato será algo, me temo, que ninguno querrá escuchar. 

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