La columna de Bogani

 LA MÁQUINA DE SER FELIZ 


Una máquina promete obediencia.

La felicidad, en cambio, aparece cuando quiere.

Por eso el título contiene una contradicción perfecta: unir la regularidad del mecanismo con el misterio de un estado que nunca acepta instrucciones. Una máquina repite. La felicidad irrumpe. Una máquina puede ser reparada. La felicidad, cuando se ausenta, no deja piezas rotas sobre la mesa ni un manual donde buscar el error.

Sin embargo, pasamos buena parte de la vida intentando construirla.

Cada persona ensambla la suya con los materiales que encuentra. Algunos utilizan dinero; otros, amor, prestigio, trabajo, una casa, una fe. Van agregando partes, ajustando tornillos invisibles, convencidos de que, cuando todo ocupe su lugar, el aparato finalmente comenzará a funcionar.

Sólo falta esto, pensamos.

Después seré feliz.

Pero ese después se desplaza con una paciencia infinita. Apenas alcanzamos una pieza, descubrimos que falta otra. La máquina parece siempre a punto de encenderse y siempre inconclusa.

Nuestra época volvió más sofisticada la promesa. Ahora casi todo parece mensurable: los pasos que damos, las horas que dormimos, las personas que nos miran, el rendimiento del cuerpo, la productividad de cada jornada. La felicidad también empieza a presentarse como una cifra que podríamos alcanzar si combináramos correctamente ciertos hábitos.

Dormir tanto.

Comer esto.

Pensar de esta manera.

Administrar el deseo.

Respirar mejor.

El problema no reside en esas prácticas, muchas de ellas necesarias, sino en la secreta pretensión de eliminar el azar. Quisiéramos que la felicidad fuera una consecuencia. Que, al cumplir determinadas condiciones, apareciera del otro lado como el producto terminado de una fábrica.

Pero la felicidad no acepta convertirse en salario de nuestra conducta.

A veces hacemos todo bien y no llega.

Otras veces llega cuando nada está en orden.

Puede presentarse durante una tarde insignificante, mientras alguien prepara café en una habitación cercana. Puede encontrarnos en una vereda, oyendo una canción que no buscábamos. Puede durar apenas unos segundos y desaparecer antes de que comprendamos lo que estaba ocurriendo.

La reconocemos, muchas veces, cuando ya terminó.

Ese retraso es una de sus formas más crueles y más hermosas. Mientras somos felices, no siempre lo sabemos. Estamos demasiado ocupados viviendo. Sólo después, cuando aquel lugar ya no existe o aquella persona se ha ido, entendemos que allí funcionaba algo extraordinario.

La memoria es, en ese sentido, una máquina invertida: no produce felicidad, pero ilumina retrospectivamente los momentos en que fuimos felices sin advertirlo.

Una mesa.

Tu mirada.

Una puerta que se abría todos los días.

Tu bendita sonrisa.

La luz de cierta hora sobre una pared.

Nada de eso parecía excepcional mientras ocurría. El tiempo, al retirarlo, revela su valor. Entonces comprendemos que la felicidad no siempre llega vestida de felicidad. A veces adopta la apariencia discreta de la costumbre.

Por eso construimos máquinas.

Para retener lo que por naturaleza se escapa.

Una fotografía intenta detener una mirada. Una canción preserva una emoción que de otro modo desaparecería. Un relato convierte unos pocos instantes en algo que puede repetirse. El arte entero podría ser pensado como una máquina destinada a realizar una operación imposible: conservar vivo aquello que ya pasó.

No devuelve lo perdido.

Lo vuelve presente de otro modo.

Alguien escucha una canción escrita hace muchos años y siente que aquello está sucediendo ahora. Una voz grabada atraviesa el tiempo, entra en una habitación y modifica la respiración de una persona que el cantante jamás conoció.


La máquina funciona.

Pero no porque fabrique felicidad, sino porque fabrica presencia.

Nos permite entrar nuevamente en una emoción, reconocer algo que creíamos exclusivamente nuestro, descubrir que otro sintió antes aquello que todavía no sabíamos nombrar.

La felicidad depende también de ese reconocimiento. No sólo queremos sentir: necesitamos comprender que lo sentido pertenece al mundo humano, que no estamos solos dentro de nuestra experiencia.

Una canción puede hacer eso.

Una pintura.

Una frase encontrada en un libro.

Un segundo en tus ojos.

El arte no nos hace necesariamente felices. Su tarea es más extraña. Puede entristecernos y, al mismo tiempo, reconciliarnos con la tristeza. Puede mostrarnos una pérdida y volverla soportable. Puede abrir una herida y darle una forma.

La máquina de ser feliz no sería, entonces, una máquina que elimina el dolor.

Sería una máquina capaz de transformarlo.

No para negarlo ni para convertir toda desgracia en enseñanza. Algunas pérdidas no enseñan nada. Algunas injusticias no contienen ninguna sabiduría secreta. Pero incluso frente a ellas queda la posibilidad de hacer algo con lo vivido: una obra, una conversación, una manera distinta de mirar.

El dolor no desaparece.

Cambia de estado.

Como la materia, se vuelve otra cosa sin dejar de ser lo que fue.

Cada uno lleva consigo una máquina semejante, aunque no pueda verla. Está construida con recuerdos, palabras escuchadas en la infancia, rostros que todavía nos acompañan, canciones que volvieron en el momento exacto. Algunas piezas pertenecieron a personas que ya no están. Otras fueron entregadas por desconocidos. Nadie construye completamente solo su manera de ser feliz.

Somos también aquello que otros dejaron funcionando dentro de nosotros.

Un gesto aprendido.

Una frase.

Una forma de recibir a alguien.

Una manera de poner belleza donde sólo había una pared vacía.

La máquina se alimenta de esas pequeñas herencias. Continúa trabajando incluso cuando creemos que se ha detenido. En los días más oscuros, cuando todo parece inmóvil, algo dentro de ella conserva la memoria de la luz.

No la luz misma.

Su posibilidad.

Eso puede ser suficiente.

Porque ser feliz no consiste en permanecer para siempre en un estado radiante. Ningún ser humano podría soportarlo. Una felicidad continua dejaría de ser felicidad: se volvería paisaje, ruido de fondo, una claridad que ya no distinguiríamos.

La felicidad necesita límites.

Aparece porque puede desaparecer.

Nos toca porque no nos pertenece.

La máquina, entonces, no debería impedir que la felicidad termine. Debería enseñarnos a reconocerla mientras sucede.

Ése sería su mecanismo más delicado: volvernos atentos.

No producir otra vida, sino permitirnos ver ésta.

No garantizar la alegría, sino evitar que pase frente a nosotros sin ser advertida.

Una máquina así no tendría palancas ni engranajes. Estaría hecha de atención. Funcionaría cuando miramos verdaderamente a quien tenemos delante, cuando dejamos de aplazar el momento, cuando una experiencia deja de ser el medio para alcanzar otra cosa.

Y, sin embargo, tampoco obedecería.

Podríamos encenderla y no ocurriría nada. Podríamos olvidarla durante años y descubrir, de pronto, que nunca había dejado de funcionar.

La máquina de ser feliz tiene ese defecto esencial: no sirve para fabricar felicidad.

Sirve para mantenernos disponibles.

Para que, cuando algo inesperado ilumine por un instante nuestra vida, no estemos mirando hacia otro lado.


Guillermo Bogani

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