La avalancha de información que sufrimos en la Era digital no tiene precedente. Se han acumulado más datos en estos treinta años que en toda la historia conocida. Si bien estar informado es deseable y útil, el exceso produce, en primer lugar, la normalización de los hechos, y en segundo término propicia su olvido. La repetición constante de los sucesos, en vez de ayudar a construir una historia colectiva, solo produce la muerte del tiempo.
Todos hemos oído, leído y hablado de las Guerras Mundiales, de la destrucción atómica de Hiroshima y Nagasaki, de la Guerra Fría, hasta de la caída del Muro de Berlín y de las Torres Gemelas. Forman parte de nuestra cosmovisión. Sin embargo, la multiplicidad de perspectivas con que los hechos actuales son narrados y se inscriben en el imaginario social -especialmente desde el 11-S en adelante- genera una adaptación tal que nos lleva al acostumbramiento y a la pérdida crítica de qué es lo relevante y qué no. En esto las redes sociales han contribuido de modo negativo: un acontecimiento siempre es ensombrecido por el siguiente en una cadena infinita que desmaterializa la realidad. En ese momento se “scrollea” la historia arrojándola a un “ahora absoluto”.
El impacto de la invasión de Rusia a Ucrania, el conflicto en Medio Oriente o la crisis migratoria en Ceuta -por citar algunos tópicos-, se diluyen muy rápido. Pronto el cambio climático será normalizado -ya pocos hablan de Venezuela o de Nepal-, como todo acontecimiento que pierde su condición fáctica. Nos enfrentamos a un mundo intangible, simulado y sin memoria. Mientras tanto el proceso de desglobalización ya está en marcha y una nueva época se cierne sobre el planeta, volviéndolo más inseguro, incierto y peligroso. Ni la amenaza real del uso de un arma nuclear logra conmocionarnos. Una nueva configuración del mundo está a las puertas arrastrando a otro tipo de humanidad: ya no solo son los nativos digitales, sino una masa más ignota, los nativos en Inteligencia Artificial. Las nuevas generaciones ya interactuaran con las máquinas, lo que plantea dilemas ontológicos que, por el momento, a nadie parece importarle. Hablamos de la Era de la híperinformación, de la liquidez, de aquella que inhabita al sujeto, que poco sorprende; la edad oscura de la normalización, de la posibilidad de la catástrofe velada y, junto con ella, del olvido del ser y del devenir. |
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