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A decir verdad, la abuela Dalia no era mi abuela, sino mi bisabuela.
Tengo de ella una única imagen, algo borrosa: una señora mayor de piel muy blanca, pelo entrecano, brazos fuertes y mirada firme, en las páginas iniciales del álbum familiar de fotografías, de tapas grises veteadas como el mármol.
No les diré que era linda, porque no es algo que pueda desprenderse de esa limitadísima ventana con luz sepia que una fotografía abre al pasado. Pero, si tenemos en cuenta lo que sabemos de su vida, debió de ser especialmente atractiva durante ese breve período de la juventud en que todos lo somos.
A la abuela Dalia le pasó, en aquellos años, que vino a encapricharse y comprometerse con un joven que, luego, resultó flojito. La pobre quedó embarazada, como a veces sucede, y, cuando quiso acordarse, mi bisabuelo –de él se trataba– había desaparecido sin dejar rastro... como a veces sucede.
Se me parte el alma de imaginarme a la abuela Dalia pasando aquel invierno de 1900, con aquella panza y aquella humillación entreveradas, con aquella desolación y la condena familar, pero llevando a cuestas un corazón que debía de seguir enamorado. ¡Cuántas lágrimas!
Pero las penas, que nunca son breves ni leves para quien las padece, siempre alcanzan consuelo. Llegó octubre, llegaron los vientos más tibios y, con ellos, llegó mi abuelo Aníbal, según dicen, el bebito más divino y bueno que pueda imaginarse y que fue inscripto en el Registro Civil con el solo apellido de su madre: Díaz.
Dalia entendió entonces que aquel niño era como una señal del cielo, la explicación de muchas cosas y, en adelante, la razón de su vida. Se secó las lágrimas por última vez, recogió de a uno los pedacitos de sí misma que encontró esparcidos por el suelo, los juntó, los pegó como pudo y salió a la calle, con los dientes apretados y el ánimo alegre, dispuesta a pelear todas las batallas.
Sobre las bases del sacrificio y el enorme valor de la abuela Dalia, Aníbal Díaz, mi abuelo, tuvo una educación acabadísima, gracias también a mucha gente buena que se puso las pilas a la hora de ayudar.
Que no sufrió en exceso la carga de su accidentada generación, lo prueba el hecho de que allá por 1929, el famoso crack de Wall Street lo agarró en Santa Fe, casado con una de las herederas de los pinares de Punta del Este y a cargo de la representación de la marca de automóviles Hudson en la provincia.
Pero volvamos a la infancia por un rato, a un acontecimiento que forma parte de la leyenda cuando —como en el famoso tango que cantó Gardel— mi bisabuelo volvió una noche.
Yo imagino que fue volviendo de a poco, haciendo preguntas aquí y allá, informándose acerca de Dalia. Luego, nostálgico y quizás arrepentido, se acercó a su barrio, merodeó con discreción, entró en los comercios, la siguió de lejos un domingo a misa. Bref: sus encantos y la afabilidad de su carácter se le metieron otra vez adentro y cayó en la cuenta de lo que había perdido al huir de ella. Seguramente vio también un día a mi abuelo, que tenía por aquel entonces seis o siete años, peinadito con gomina para ir al colegio, y aquello fue irresistible, porque el niño era un encanto.
En fin, un día tocó a la puerta. Podemos imaginar el diálogo:
Me dijo, humilde: “Si me perdonas,
el tiempo viejo otra vez vendrá,
la primavera de nuestra vida…
Verás que todo nos sonreirá”.
Fue entonces la única vez que mi abuelo vio a su padre. Y recordaba que aquel hombre infeliz lloraba desconsoladamente.
Pero volvamos al sunny side.
La abuela Dalia, como muchas abuelas, será siempre recordada por el especial talento que tenía para la cocina, en la que nunca faltaban la cebolla y el ajo (dato que debo a Maruja, mi abuela paterna).
Hay específicamente un postre legendario, los pastelitos de hojaldre con dulce de leche que, a estas alturas, son frecuente motivo de controversia.
La receta es fácil y se ha intentado muchas veces pero, por razones que desconocemos, nunca están a la altura de los recuerdos que de ellos guardan quienes los comieron en lo de Dalia. Es como pelear contra una leyenda.
Según contaba mi padre, eran unos taquitos más bien cúbicos, de un hojaldre fino y quebradizo, bien deshojado y algo dorado. Los acercabas a tu boca y, al morderlos, explotaban allí con un chorro de dulce de leche apenas tibio ...
¡Pobre abuela Dalia!
Te sueño siempre sola y valiente, en aquel invierno de 1900, cuando el siglo era tan joven como el niño que llevabas dentro.
Cuando convertías el dolor en una esperanza tibia.
Tibia como el chorro de dulce de leche de tus pastelitos de hojaldre.

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