Ausencias


Nunca estuvo tan presente como desde el día en que faltó.


Mientras estaba, su presencia era una forma más del mundo. Una forma amada. Tan natural como la luz que entra por una ventana o el rumor de una calle al atardecer. No había resignación ni costumbre en esa cercanía. Había gratitud. La íntima certeza de que el mundo era mejor porque esa persona lo habitaba.


Quizá por eso terminamos creyendo que ciertas presencias pertenecen al orden mismo de las cosas. No porque las demos por seguras, sino porque el corazón desea que aquello que ama participe de la duración del mundo. Cada encuentro se recibe como un regalo y, sin advertirlo, ese regalo empieza a parecernos irrevocable.


Después sobreviene la ausencia.


No consiste solamente en que alguien deja de estar. Consiste en que todo lo demás comienza a estar de otra manera.


Los objetos permanecen donde estaban, pero ya no significan lo mismo. Una silla conserva una conversación. Una esquina recuerda un encuentro. Una calle deja de conducir hacia un lugar y empieza a conducir hacia una memoria. Hasta el silencio modifica su espesor.


Entonces el pensamiento comienza su trabajo más inútil y más humano. Ensaya razones. Imagina demoras. Corrige los hechos. Levanta una arquitectura de hipótesis con la secreta esperanza de que alguna consiga desmentir la evidencia. No busca comprender. Busca aplazar el dolor.


Pero toda esperanza conoce un límite.


Y detrás de ella aparece, paciente, la posibilidad de que esa ausencia no sea un intervalo, sino una forma definitiva del tiempo.


Es entonces cuando comienza otra búsqueda. Ya no la de la presencia, sino la de sus huellas. Una frase conservada en la memoria. Una fotografía. Una noticia casual. El relato de alguien que la haya visto. Cualquier vestigio parece suficiente para sostener la ilusión de que nada desaparece por completo.


Descubrimos entonces una paradoja.


Mientras alguien está, su presencia acompaña la vida. Cuando falta, la organiza. Todo empieza a girar alrededor de ese vacío. La memoria ordena los recuerdos, el deseo inventa regresos y el pensamiento vuelve, una y otra vez, al mismo lugar. Nunca el otro había ocupado tanto espacio como desde el momento en que dejó de ocupar un lugar entre las cosas.


No era mayor el amor. Era más visible.


La ausencia no nos revela únicamente que el otro se ha ido. Nos revela, con una precisión inesperada, el lugar exacto que ocupaba en el universo.


Guillermo Bogani

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