Los constructores de belleza
Hay personas que pasan por el mundo y otras que, casi sin saberlo, lo modifican.
No levantan necesariamente edificios, ni pintan cuadros, ni escriben libros. A veces apenas acomodan una mesa, eligen una música, cuidan una planta, preparan una comida, dicen una palabra en el momento preciso. Pero después de que han pasado por un lugar, algo queda mejor dispuesto.
Son constructores de belleza.
La belleza no siempre aparece donde esperamos encontrarla. No pertenece únicamente a los museos, a las catedrales o a las grandes obras. Puede esconderse en un gesto casi insignificante: alguien que enciende una lámpara para que otro no entre a oscuras, una mujer que deja flores en una habitación donde nadie las había pedido, un hombre que se demora unos minutos para escuchar a un desconocido.
Nada de eso cambia la historia.
Y, sin embargo, cambia el mundo.
Porque el mundo no está hecho solamente de acontecimientos. Está hecho también de climas. De modos de mirar. De pequeñas decisiones que vuelven habitable lo que, de otro modo, sería apenas un sitio.
Los constructores de belleza trabajan con materiales extraños.
Trabajan con atención.
Con delicadeza.
Con tiempo.
A veces trabajan incluso con aquello que está roto.
No necesitan negar la tristeza para producir belleza. Por el contrario: muchas veces la belleza más verdadera nace precisamente cuando alguien logra disponer con dignidad lo que la vida desordenó.
Una casa después de una muerte.
Una mesa después de una separación.
Un jardín después del invierno.
Un cuerpo después de los años.
Construir belleza no consiste en ocultar la herida. Consiste en impedir que la herida tenga la última palabra.
Por eso la belleza posee una dimensión moral que rara vez advertimos.
El que embellece algo afirma que merece ser cuidado.
Una habitación.
Una calle.
Una conversación.
Una persona.
El descuido dice: da lo mismo.
La belleza responde: no da lo mismo.
Tal vez ésa sea una de las formas más silenciosas de la resistencia.
Frente a un mundo que produce velocidad, ruido, vulgaridad y descarte, alguien todavía se detiene a elegir una flor.
Alguien pule una frase.
Alguien vuelve a colocar derecho un cuadro torcido.
Alguien prepara una mesa aunque vaya a cenar solo.
Parecen gestos mínimos.
Pero todas las civilizaciones comenzaron alguna vez así: cuando alguien, en medio de la intemperie, decidió que no bastaba con sobrevivir.
Había que hacer también que la vida fuera hermosa.
Desde entonces seguimos construyendo.
Y puede que al final no seamos recordados por aquello que poseímos, ni siquiera por aquello que conseguimos, sino por una pregunta mucho más sencilla:
¿Qué quedó un poco más bello después de nuestro paso?
Guillermo Bogani
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