La columna de Bogani

El aplauso de las tías


Yo debía tener cinco o seis años. No más.

Una vez por mes —creo que era una vez por mes, aunque en la infancia todos los domingos parecen el mismo domingo— la familia entera se reunía en la casa de mi abuelo. Era un departamento grande, de esos departamentos antiguos que parecían haber sido construidos previendo familias numerosas, sobremesas interminables y discusiones que necesitaban varios ambientes para desarrollarse.


Con mi abuelo vivían dos de sus hijas solteras. Yo tenía cinco tías y un tío, que además era mi padrino. Después estaban los maridos, las mujeres, los primos, mis padres, mis hermanos. Los Bogani y los que, por casamiento, paciencia o fatalidad, habían terminado siendo también un poco Bogani.

Éramos muchos.

La casa se llenaba de voces, de platos, de puertas que se abrían, de chicos que pasaban corriendo y de adultos que hablaban todos al mismo tiempo. En algún momento, después de comer, cuando ya se habían levantado algunas fuentes y todavía quedaban vasos, migas y restos de conversación sobre la mesa, empezaba mi función.

La idea había sido de una de mis tías solteras.

Era asistente social y una de esas personas que, sin hacer demasiado ruido, sostienen una parte del mundo. Una especie de Simone Weil argentina, aunque yo entonces, por supuesto, no sabía quién era Simone Weil ni que mi tía tenía algo de santa laica, de mujer inclinada naturalmente hacia los demás. Lo único que sabía era que me miraba como si yo fuera capaz de algo.

Un día me propuso que preparara un espectáculo.

Yo cantaba. Bailaba. Hablaba mucho. Seguramente ya tenía cierta inclinación por convertirme, apenas encontraba público, en otra persona o en varias personas sucesivas.

Mi tía preparaba una iluminación elemental, acaso una lámpara dirigida hacia un rincón del living. También me había construido una especie de micrófono. Tenía un cable largo, como los micrófonos verdaderos de aquella época, aunque no estaba conectado a ninguna parte. Eso no importaba. Para mí era un micrófono. Y como era un micrófono, yo me convertía inmediatamente en presentador, cantante, bailarín, periodista y dueño del teatro.

No recuerdo que ensayara.

Recuerdo, en cambio, que sabía cómo empezar.

Sabía que primero había que entrar de alguna manera, reclamar la atención, producir un pequeño silencio. Sabía cuándo pedir música para bailar. Sabía cuándo detenerme, acercarme a uno de mis tíos y hacerle una pregunta con aquel micrófono inútil que, sin embargo, hacía hablar a todo el mundo.

Entrevistaba sobre todo a los mayores.

Les preguntaba cosas. Ellos respondían y yo volvía a preguntar. A veces comentaba la respuesta. O hacía una observación sobre la familia, sobre algo que había sucedido durante la comida, sobre alguna costumbre o algún personaje de la época.

No sé exactamente qué decía.

Sé que se reían.

Y sospecho que no se reían solamente porque un chico bailara, cantara o sostuviera un falso micrófono. Debía haber allí alguna percepción prematura de las debilidades familiares, alguna ironía, una forma todavía infantil pero bastante precisa de señalar lo que los adultos intentaban ocultar mientras hablaban.

Yo pasaba de una cosa a la otra sin que nadie me explicara cómo hacerlo. De la canción a la entrevista, de la entrevista al baile, del baile a una reflexión seguramente disparatada y, por momentos, quizá demasiado certera.

Era una especie de varieté doméstico.

Un programa de televisión sin televisión. Un teatro sin escenario. Una ceremonia familiar en la que el menor de todos tomaba por un rato la palabra y los demás aceptaban convertirse en personajes.

Con el tiempo empezó a saberse en el edificio.

No era un edificio común. Cinco o seis familias amigas habían decidido construirlo juntas, de modo que los vecinos no eran del todo vecinos: eran una prolongación de la familia, una segunda fila de parientes sin parentesco.

La noticia fue corriendo de un piso a otro.

El nieto de Bogani hacía espectáculos.

El sobrino de las chicas cantaba, bailaba, hacía entrevistas.

Había que verlo.

Y empezaron a venir.

Al principio alguien del segundo. Después una señora del tercero. Algún matrimonio amigo. Personas que quizá bajaban o subían solamente para asistir a la función del chico del micrófono con cable.

El público crecía.

Y yo crecía adentro de ese público.

Me gustaba actuar, pero también me gustaba observarlos. Empecé, creo, a escuchar las conversaciones de otra manera. A recoger frases, gestos, novedades y pequeñas rarezas que después podían servirme. Tal vez este recuerdo sea falso. Tal vez lo haya construido con los años para explicarme a mí mismo cómo podía un chico tan pequeño sostener un espectáculo con tantos elementos.

Pero me gusta pensar que era así.

Que mientras los adultos hablaban yo iba reuniendo material.

Que una parte de mí estaba con ellos y otra parte ya estaba preparando la próxima función.

Al terminar, llegaba el aplauso.

No un aplauso condescendiente, o al menos yo no lo vivía así. Era un aplauso verdadero, grande, lleno de risas, de sorpresa y de afecto.

Yo veía las caras de mis tías. La alegría de mis padres. Mis primos un poco mayores, riéndose. Los vecinos asombrados por aquel chico que parecía saber cosas que no correspondían del todo a su edad y que, sin embargo, seguía siendo un chico, feliz de tener un escenario, una lámpara y un micrófono que no funcionaba.

No recuerdo qué hacían mis hermanos. Mi hermana tendría tres o cuatro años. Mi hermano era apenas un recién nacido. Probablemente miraban sin entender o se ocupaban de asuntos mucho más urgentes.

El aplauso venía de los grandes.

Y aquel aplauso no celebraba solamente el espectáculo.

Celebraba que yo estuviera allí.

Eso lo entendí mucho después.

Porque uno pasa la vida creyendo que busca el reconocimiento por lo que hace. Por una obra, un texto, una fotografía, una exposición, una ocurrencia. Pero a veces lo que busca no es que le digan que aquello está bien.

Busca que vuelvan a mirarlo como lo miraron la primera vez.

Con sorpresa.

Con orgullo.

Con ternura.

Busca entrar otra vez en aquel living y encontrar a toda la familia reunida, incluso a quienes ya no están. Busca que una tía encienda una lámpara. Que alguien acerque una silla. Que los vecinos se asomen por la puerta. Que el abuelo ocupe su lugar. Que los padres sonrían antes de que comience la función.

Tal vez todo lo que hice después haya conservado algo de aquella escena.

Las muestras, las fotografías, los textos, la galería, las conversaciones, la necesidad de convertir cualquier encuentro en una pequeña representación. Incluso esta costumbre de observar a los demás, de guardar frases, de percibir lo que no se dice y transformarlo después en otra cosa.

A veces pienso que no hice más que perfeccionar aquel espectáculo.

Cambiaron los escenarios. El público se volvió más exigente o más distraído. El micrófono empezó a funcionar y, sin embargo, muchas veces resultó menos verdadero que aquel cable suelto. Aprendí a preparar, a corregir, a dudar. Perdí, en parte, la confianza de ese chico que sabía exactamente cuándo bailar y cuándo acercarse a un tío para hacerle una pregunta.

Pero el final siguió siendo el mismo.

Todavía espero el aplauso.

No el aplauso público, no el reconocimiento de desconocidos, no esa aprobación fría que puede medirse en ventas, comentarios o prestigio.

Espero el aplauso de mis tías.

El de mis primos.

El de mis padres.

El de aquellos vecinos que bajaban de otros pisos para verme.

Espero esa mezcla de familia y espectáculo, de admiración y refugio. Ese instante en que ser mirado significaba también pertenecer.

Quizá uno no deja nunca de actuar para el primer público que lo amó.

Y quizá toda vocación artística empiece así: en una habitación cualquiera, frente a unas pocas personas que nos miran con suficiente amor como para hacernos creer, durante unos minutos, que el mundo entero ha venido a vernos.


Guillermo Bogani

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