Paulo Freire y la destrucción de la educación latinoamericana: ¿La pedagogía que nos hundió?

 


Como estudiante de cuarto año de Psicopedagogía, cada vez que reviso los resultados de PISA me invade una mezcla de frustración y enojo. Brasil en el puesto 53, Argentina 58, México 55, Colombia 49, Perú 60. Países que durante décadas adoptaron masivamente las ideas de Paulo Freire como base de sus sistemas educativos. Y los números no mienten, seguimos estancados en lectura, matemáticas y ciencias.

La pregunta que me persigue es dura: ¿Freire consideraría esto un fracaso? Honestamente, creo que no. Y eso es lo más preocupante de todo.

Paulo Freire nació en 1921 en Recife. Empezó trabajando en alfabetización de adultos en el nordeste brasileño, algo que parecía legítimo y necesario. Pero su proyecto fue mucho más allá. Influenciado fuertemente por el marxismo gramsciano, convirtió la educación en una herramienta de revolución. En Pedagogía del oprimido (1968) queda explícito, la educación nunca es neutra. O sirve para liberar o sirve para oprimir. Y para él, “liberar” significaba formar conciencia política revolucionaria.

Criticaba la “educación bancaria”, donde el docente transmite conocimiento al alumno. En su lugar propuso una educación dialógica, donde el saber se construye colectivamente a partir de la realidad del oprimido.

Cuando lo estudié en segundo año, me pareció una idea potente y humanista. Hoy, después de avanzar en la carrera y ver la realidad de las aulas, tengo serias dudas.

Primero, su método asume que el estudiante ya tiene herramientas conceptuales suficientes para “construir” conocimiento. Un niño de siete años o un adulto analfabeto, en la mayoría de los casos, no las tiene. Sin un piso básico sólido, el supuesto diálogo se convierte en charla vacía.

Segundo, Freire relativiza el conocimiento de forma peligrosa. Si todo es construcción social y reflejo de poder, entonces las matemáticas, la historia o la ciencia pierden su carácter objetivo. Eso me genera un conflicto profundo como futuro psicopedagogo.

Y tercero —lo más grave— priorizó explícitamente la conciencia política por encima de las competencias básicas. Hay una frase suya que todavía me golpea: prefería formar revolucionarios fracasados antes que técnicos exitosos pero alienados. Cuando pienso en los miles de chicos que terminan la secundaria sin poder leer ni comprender un texto medianamente complejo, esa frase duele.

En Brasil, las escuelas que mantuvieron un enfoque más tradicional (incluidas algunas militares) logran resultados mucho mejores. Y si miramos a Asia, Singapur, Corea del Sur y Japón siguen practicando lo que Freire llamaba “educación bancaria”… y dominan los rankings mundiales. Sus estudiantes no solo aprenden, leen, calculan, razonan e innovan.

No estoy diciendo que Freire no tenga ningún aporte. Su énfasis en la dignidad del estudiante y en partir de su contexto tiene valor, pero en América Latina convertimos su pedagogía en dogma oficial, y el resultado ha sido catastrófico.

Como estudiante que todavía está formándose, siento la responsabilidad de mirar esto con honestidad. La pedagogía de Freire no fracasó en su objetivo real, politizar la educación. Pero destruyó, en gran medida, la calidad educativa de toda una región.

Necesitamos recuperar el equilibrio urgente, exigencia académica, transmisión rigurosa de conocimiento y, sí, también una mirada crítica y humana de la realidad. No podemos seguir sacrificando el futuro de nuestros chicos en nombre de una revolución que ya demostró su costo.

Ojalá la psicopedagogía del futuro sea capaz de corregir este rumbo.

 

                                                                                          Julio César Cháves

 

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