Leonardo Castellani, siguiendo la huella de un cura cuerdo (7) por Franco Ricoveri


Retorno a la Argentina 

Regresó, como dijimos, cargado de distinciones y ya conocido por sus múltiples artículos en los medios más destacados del país. Se perfilaba entonces como una gran figura de la cultura rioplatense en momentos especialmente brillantes para la misma; pero las cambiantes realidades de la Argentina, sumadas a dolorosas circunstancias personales, dieron un vuelco a muchas esperanzas. “Apenas llegado, y a raíz de desacuerdos esenciales referidos a la formación y el estudio, comenzó un largo calvario con las autoridades de la Compañía de Jesús...” 

 Castellani comienza su libro “Las canciones de militis” con un famoso prólogo en donde encontramos una humorística reflexión de lo que fue de su vida entonces. Recreando el famoso sueño de San Jerónimo, aquí es el doctor dálmata quien recrimina duramente a nuestro Autor: “Ya que hemos pagado tus trimestres en el colegio para que estudies filosofía ¿por qué no escribes un libro de filosofía? Oh glorioso Santo le respondí, yo venía de Europa hace diez años haciendo un libro de filosofía. Me lo había encargado y planeado mi mejor profesor, Joseph, Maréchal. 

El plan era éste: «Lea durante quince años todos los grandes filósofos en su lengua original, para lo cual tendría que perfeccionar su griego y su alemán. Enseñe filosofía al mismo tiempo. Lea después durante tres años los grandes etnólogos modernos: Frazer, el padre Schmidt, Levy-Bruhl...”. ¿Imbelloni, Jacovella, Canal Feijóo? Todos me dijo. Y después escriba “El Punto de Partida de la Moral” sobre el mismo plano en que yo hice “El punto de partida de la metafísica”... San Jerónimo asintió gravemente y me dijo: Eso era justamente lo que se quería allá arriba. ¿Tú que has hecho? El griego y el alemán me olvidé lo poco que sabía Yo me vine de Europa meditando en el buque el texto de Empédocles. ¿Cómo traduces me preguntó el Dálmata con malicia. Diels traduce "Einen Spruch des Schicksals le dije, también con malicia. ¡Vos! te pregunto. A mi entender Diels macanea. Yo traduzco plétora. ¡Bien! dijo el Santo ¿Y después? Cuando llegué a Buenos Aires, me, hicieron tomar 35 horas semanales de clase en un colegio nacional... ¿Quiénes, te hicieron? . La Vida... La Argentina... La Patria... Los tiempos malos que vivimos..., le contesté vagamente. Es decir, tus pecados, en el fondo. Eso es. Mis pecados y los pecados del Rey. Me hicieron tomar 35 horas... - ¿35 horas de Filosofía? -No. Literatura, Historia, Apologética, Italiano, Metodología y Castellano. "' Qualis. artifex! ... » me dijo burlón. " Pereo!”, le contesté melancólico” Más que un prólogo a un libro, aquí pudimos leer una breve explicación de lo qué pasó con nuestro Autor al volver de Europa (y de paso una prueba de lo que hemos afirmado acerca de su inconfundible estilo)

. El país lo esperó cargándole innumerables labores sobre sus hombros; así lo cuenta una breve reseña biográfica que hallamos en el final de ”Seis ensayos y tres cartas”: “Ya en la Argentina y durante 11 años lleva a cabo una ingente labor intelectual a través de la cátedra, el libro y el periodismo. Como profesor se desempeñó en el Colegio del Salvador (lógica e Historia); en el Seminario Metropolitano de Buenos Aires (Psicología e Historia de la Filosofía); en el Colegio Máximo de San Miguel (Metodología); y en el Instituto Nacional del Profesorado Secundario (Psicología II), cátedra ganada por concurso luego de haberla dejado vacante Aníbal Ponce. En un principio sus hombros resistieron el peso de tantas cátedras y tantos compromisos, pero el precio no fue poco y terminó pagándolo caro. 

El generoso plan que le sugirió el Padre Joseph Maréchal, intentó seguirlo lo más fielmente posible a pesar de todo: perfeccionó su manejo de las lenguas clásicas y las principales modernas, se sumergió en las fuentes directas del pensamiento contemporáneo, las enseñó, publicó artículos de todo tipo... Todo con una actitud de apertura intelectual pocas veces vista entre nosotros. Como escritor publicó 14 libros y la traducción al castellano con notas y comentarios propios de los primeros cinco tomos de la Suma Teológica. Como periodista escribió en todas las publicaciones católicas del país; desde 1937 hasta 1941 colaboró en La Nación; en 1940, y hasta 1942, desempeñó la dirección de Estudios, revista de la orden jesuítica, a la que puso a la altura de las necesidades del país.” Hagamos un breve repaso de otros escritos de aquellos tiempos: San Agustín y Descartes, un valioso y original ensayo en el que Castellani se anticipa en varios años a la conclusión de Gilson acerca de la influencia de San Agustín sobre Descartes. Notas sobre la psicología cartesiana y especialmente señalamos La reforma de la enseñanza en donde vemos una de las grandes preocupaciones de Castellani: el estado de la educación argentina. Sus reflexiones parten aquí de su múltiple experiencia: como alumno del bachillerato, como profesor en Buenos Aires, y, a partir de su estancia europea, como alumno y visitante reflexivo de los grandes centros de estudios tradicionales. Son de particular interés sus análisis de las reformas del entonces ministro italiano Gentile y con sus posibles consecuencias; sus reflexiones acerca de las bondades de los estudios clásicos a través del griego y del latín; el dilema entre la educación laica y la religiosa y la responsabilidad primaria de los padres ante la educación de los hijos y la necesidad de modificar el sistema de evaluaciones. En la presentación preliminar del Autor, Suma del libro, nos dice: “Mi destino de profesor y periodista pobre me ha negado hasta hoy el poder exponer la doctrina sobre nuestra enseñanza media en forma más alta que esta. Como sucedáneo del libro más técnico que quisiera escribir, hemos compilado y adaptado... los artículos que parecen retener actualidad y substancia.” Si bien Castellani nunca cumplió con esta intención primaria, su preocupación por la educación argentina se percibe a lo largo de toda su obra. Leamos lo que nos dice Castellani sobre la forma en que estaba preparando la traducción de la Summa Theologica: “(...) estoy leyendo por cuarta vez la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres de Kant, a fin de entender mejor la gran Ética de Max Scheler, uno de los libros más grandes de este siglo, aunque no poco oscuro y no poco peligroso. Y leo a Max Scheler a fin de entender mejor a Santo Tomás...” Camino largo y necesario, podríamos decir, que encaja con el estilo “marechaliano” que sigue durante estos años, pero las intranquilidades en las que se iba sumiendo comienzan a dejar huellas cada vez más profundas.

 Destacamos en el año 1941 la publicación de “Conversación y crítica filosófica”, una de sus pocas obras estrictamente filosóficas, y en 1942 “El nuevo gobierno de Sancho”, uno de los libros más conocidos de nuestro autor. Volviendo a lo estrictamente biográfico, ya recordamos que desde su vuelta a la Argentina comenzaron a preocuparle de modo especialísimo las graves deficiencias de la enseñanza y de la formación que se impartían en el Seminario Arquidiocesano de Buenos Aires, donde enseñaba, y la crisis que se sufría dentro de la Compañía de Jesús. Como era su obligación, expuso sus críticas a través de los medios que tenía a su disposición. Esas críticas comenzaron a granjearle enemigos y no sólo dichos juicios y advertencias no fueron atendidos, sino que chocaron grandemente al entonces provincial de los jesuitas P. Tomás Travi. En el fondo, podemos afirmar que Leonardo Castellani notó como pocos las raíces vivas y crecientes del problema eclesial que estallaría en el postconcilio. Hoy que, conociendo esas críticas, podemos juzgarlas en perspectiva de lo que pasó con posterioridad, no nos quedan dudas: Castellani tenía razón y hablaba con tanta justicia y caridad, como crudeza y desenfado. “Parecería –leemos en “Los Papeles de Benjamín Benavides”- que existen hoy día católicos empeñados en convencer que la religión lo vuelve tonto al hombre...” No fue entendido –o quizás lo entendieron demasiado bien-. En 1946, el P. Travi lo acusó de “poca obediencia a la censura” y lo conminaron a salir de la Compañía. Castellani, convencido de su vocación, se negó a ello presentando los descargos correspondientes. Fue inútil. A partir de aquí comenzó lo que podríamos llamar una larga prueba llena de vicisitudes que por poco no terminó trágicamente. En diciembre de ese año, con la amenaza pendiente de expulsión, partió para Europa con el fin de hablar con el general de la Compañía. Su situación era desesperante. La Compañía, institución a la que había amado y servido, lo rechazaba. A bordo de la nave que lo conducía escribió este soneto con estrambote:

 “Oh mi Dios, yo te di más que mi vida 

Sería tiempo de dejarme en paz

 Dame tu vida y cúrame mi herida 

O no me pidas nunca nada más

 Me lanzaste a la mar desconocida 

Y aunque pudiera, yo ya no vuelvo atrás 

En la mitad de la ruta indefinida

 Lancé por borda brújula y compás.

 El ciclón del velamen hizo riza. 

Todo esto debería ya cansarme. 

El puro mar y cielo se eterniza...

 De mi antiguo vigor ya no hay ni un adarme

 La provisión se agota a toda prisa, 

Ya no afronto el ciclón con la sonrisa... 

Ya no te falta más sino tragarme.” 

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