FUERA DE ESCENA
Sin reproche, me preguntó por qué insistía en verla.
No parecía una pregunta nacida del fastidio. Era, más bien, la curiosidad con la que uno se detiene frente a un gesto cuyo mecanismo no alcanza a comprender. Como quien encuentra abierta una ventana que recuerda haber cerrado la noche anterior y, antes de pensar en el viento o en un olvido, siente durante un instante la tentación de creer que la casa necesitaba mirar afuera.
Yo miré hacia afuera.
Era de noche.
La lámpara del comedor parecía convencida de que bastaba. Se podía leer, distinguir los colores de los libros, encontrar una moneda caída en el piso. No faltaba luz.
—¿Ves? —le dije—. Ahora mismo no necesitamos el sol.
Ella esperó.
—Lo damos por descontado.
Hice una pausa.
—Recién cuando imaginamos que podría no estar descubrimos cuánto nos sostenía esa certeza.
No hace falta verlo.
Alcanza con saber que sigue del otro lado.
Sonrió apenas, como si creyera que yo estaba cambiando de tema.
Pero no.
—Creo que pasa algo parecido con las personas.
Se hizo un silencio.
Los silencios, sospecho, también tienen costumbres. Algunos se sientan entre dos personas y no molestan. Otros empiezan a revisar los cajones.
—Yo no soy el sol —dijo.
—Ya sé.
Lo dije demasiado rápido.
—No digo que lo seas.
Hice una pausa.
—Digo otra cosa.
Desde que te conocí, el mundo aprendió que vos existís.
Yo no.
El mundo.
Y desde entonces se comporta de una manera un poco extraña.
Hay calles que parecen esperar que las caminemos juntos, aunque nunca haya pasado. Hay canciones que conservan un lugar para tu voz aunque jamás las hayas cantado, y tardes enteras que, cuando llegan, dan la impresión de haberse equivocado de destinatario.
Creo que algunas personas modifican discretamente la realidad con sólo existir.
Como el sol.
No porque siempre nos alumbre.
Sino porque el mundo entero toma posición sabiendo dónde está.
Ella bajó la vista.
Era una buena persona. Las buenas personas suelen querer reparar dolores que no fabricaron.
—No estoy enamorada de vos.
—También lo sé.
Afuera pasó un colectivo.
Durante unos segundos las sombras cambiaron de lugar.
No parecían sombras movidas por un vehículo.
Parecían muebles acomodándose para una visita que, una vez más, no iba a llegar.
Nos despedimos.
Volví caminando.
La ciudad seguía perfectamente iluminada.
Antes de doblar la esquina levanté la cabeza.
No para buscar la luna.
Ni siquiera para buscar el sol.
Me alcanzaba con saber que seguía del otro lado.
Y pensé que quizá ésa fuera una de las formas más silenciosas del amor.
No esperar que alguien nos pertenezca.
Descansar, simplemente, en la certeza de que existe.
Aunque sea fuera de escena.
Guillermo Bogani
Comentarios
Publicar un comentario