La columna de Bogani

 Hermano Jesús

A Jesucristo se lo suele mirar hacia arriba.

Como si estuviera siempre en lo alto, en una región inaccesible, rodeado de vitrales, incienso, mármol, solemnidad y distancia.

A mí me cuesta verlo así.

No porque no sea Dios.

No porque no sea la persona más amada, más admirada, más necesaria.

Justamente por eso.

Me cuesta verlo como padre.

Dios Padre ya está ahí, con ese nombre inmenso, anterior a toda explicación. Jesús, en cambio, viene como Hijo. Y tal vez por eso puedo sentirlo más cerca. No arriba de mí, sino a mi lado. No solamente como alguien a quien se obedece, sino como alguien con quien se camina.

A veces lo imagino como un hermano mayor.

Pero ni siquiera estoy seguro.

Podría ser también un hermano menor, con una sabiduría inexplicable, una sabiduría que no le viene de haber vivido mucho sino de haber amado de una manera perfecta.

Un hermano menor que sabe más que todos.

Un hermano menor que mira nuestras heridas con una seriedad antigua.

Un hermano menor que no necesita imponerse porque su sola presencia ordena el mundo.

La filiación con Jesús es rara.

Es mi Dios, sí.

Pero también es mi amigo.

Es el inocente.

Es el que sabe.

Es el que me conoce sin escandalizarse.

Conoce mis posibilidades y mis caídas. Mis logros y mis cobardías. Mis luchas pequeñas, mis miedos repetidos, mis deseos más nobles y los otros, los que uno preferiría no tener que mostrarle a nadie.

Y sin embargo, siento que los mira con amor.

Algunas cosas, tal vez, las mira con orgullo.

Otras con pena.

Otras con una compasión tan honda que no humilla.

Eso es lo asombroso: Jesús no parece mirar al hombre para condenarlo. Lo mira para rescatarlo.

Cuando era más chico pensé que alguna vez encontraría en el Evangelio una frase que me molestara, un juicio arbitrario, una condena demasiado dura, una zona donde pudiera decir: acá no estoy de acuerdo.

Pero no encontré nada.

No encontré crueldad.

No encontré vanidad.

No encontré deseo de dominio.

Encontré, más bien, una inteligencia del amor que todavía no termino de entender.

Pilato, con toda su cobardía, llegó a decir algo parecido: no encuentro culpa en este hombre. Después se lavó las manos, que es una de las formas más elegantes de la infamia. Pero esa frase le quedó en la boca como una verdad que ni él mismo pudo soportar.

Yo tampoco encuentro culpa en ese hombre.

Y no lo digo como juez, porque no podría. Lo digo como alguien que lo ama, como alguien que ha vuelto muchas veces a sus palabras esperando tropezar con una piedra y sólo encontró pan.

Todo en Jesús parece una lección de vida.

Pero no de vida disminuida, amarga, penitente, oscurecida. No. Una lección de plenitud. De gozo. De libertad interior. De alegría profunda. De esa alegría que no depende de que las cosas salgan bien, porque nace en una zona más secreta del alma.

Tal vez ahí la Iglesia falló.

No siempre supo mostrarlo.

A veces presentó a Cristo envuelto en culpa, en prohibición, en castigo, en una tristeza que no se parece demasiado al Evangelio. Y es extraño, porque tenía entre las manos la noticia más grande del mundo.

Si Coldplay llena seis estadios, Jesucristo debería llenar cien. Mil. Todos.

No lo digo con irreverencia. Lo digo casi con dolor. Porque si el mundo no corre hacia Él, tal vez no sea porque Cristo haya perdido fuerza, sino porque no siempre supimos contar quién era.

No supimos decir que no venía a achicar la vida, sino a ensancharla.

No supimos decir que no venía a quitar el deseo, sino a purificarlo.

No supimos decir que no venía a aplastar al hombre con la ley, sino a devolverle el corazón.

Algo sucede, claro.

El mundo entiende mejor el espectáculo que la verdad. Entiende mejor el ruido que la luz. Entiende mejor la promesa inmediata que una salvación que pide paciencia, conversión, ternura, entrega.

Jesús mismo lo sabía.

Los hijos de la luz no suelen ser demasiado hábiles en las maniobras del mundo, en sus estrategias, en sus pasillos, en las habladurías del mundo, como diría el rey Luis.

Por eso quizá Cristo no compite.

No grita.

No seduce como seduce el poder.

No necesita pantallas gigantes.

Se queda ahí.

En el Evangelio.

En el pan.

En el pobre.

En el que sufre.

En el que perdona.

En el que vuelve a intentarlo después de haber caído.

Y también, misteriosamente, en uno.

En esa parte de uno que todavía no se resignó del todo. En esa pequeña zona donde seguimos queriendo ser mejores, aunque tantas veces no podamos. En esa vergüenza que no destruye, sino que pide ser transformada. En ese resto de amor que sobrevive incluso en medio de nuestras peores derrotas.

Tal vez por eso no puedo verlo sólo como padre.

Un padre puede quedar demasiado lejos.

Jesús, en cambio, se acerca demasiado. Se sienta a la mesa. Camina con los cansados. Llora por un amigo, por Norberto, que se fue ayer y no pudimos despedirlo. Tiene sed. Tiene miedo. Pregunta por qué ha sido abandonado.

Y después perdona.

Ahí está su divinidad.

No en alejarse del hombre, sino en bajar hasta él sin dejar de ser Dios.

Por eso lo siento hermano.

Un hermano absolutamente distinto, claro. Un hermano que salva. Un hermano que no me sigue la corriente, pero tampoco me abandona. Un hermano que sabe lo peor de mí y aun así no retira su amor.

Un hermano que, cuando todos los demás argumentos fracasan, permanece.

Y quizá la fe sea eso.

No entender del todo qué vínculo nos une a Jesús, pero saber que ese vínculo existe. Saber que no es solamente adoración, ni solamente obediencia, ni solamente gratitud.

Es algo más íntimo.

Una amistad sagrada.

Una fraternidad imposible.

Una cercanía que no disminuye su misterio.

Jesús es Dios.

Pero también es ese hermano que mira sin condena.

No para dejar todo como está, sino para recordarnos que ninguna caída tiene derecho a quedarse con nuestro nombre.

Su amor llama.

Y cuando Él llama, algo en nosotros —lo más pobre, lo más niño, lo más vivo— vuelve a ponerse de pie.


Guillermo Bogani 

Comentarios