PICNIC ESTOICO
Hay picnics que fracasan mucho antes de extender el mantel.
Empiezan a desordenarse mientras uno todavía está en la cocina, cuando el cuchillo decide no encontrar el pan, la botella mira hacia otro lado y las naranjas adquieren esa inmovilidad sospechosa de las cosas que ya saben algo.
Fue entonces cuando pensé en organizar un picnic estoico.
No para practicar el estoicismo.
Con el estoicismo.
Invitarlo como se invita a un amigo que nunca llega exactamente a la hora, pero siempre llega antes de que uno termine de entender qué estaba esperando.
El primer inconveniente fue descubrir que las ideas no se sientan donde uno les indica.
La serenidad eligió la punta del mantel.
La paciencia se quedó de pie, mirando un árbol.
El control de uno mismo apareció tarde, con la naturalidad de quien jamás pide disculpas.
Acepté la distribución porque, después de todo, nadie discute la ubicación de una idea sin correr el riesgo de convertirse en otra.
Mientras preparábamos el almuerzo, el viento empezó a ensayar pequeñas modificaciones.
No las suficientes como para alarmarse.
Las suficientes como para que el picnic dejara de pertenecernos.
Hay un instante muy preciso en que un picnic deja de ser una organización humana y pasa a ser una conversación con el mundo.
No ocurre cuando cae la primera hoja.
Ocurre cuando uno deja de levantarla.Entonces comprendí que los estoicos habían sido injustamente malinterpretados.
Nunca quisieron controlar la vida.
Querían sentarse donde el viento pudiera encontrarlos sin necesidad de perseguirlos.
Desde ese día preparo los picnics de otra manera.
Llevo pan.
Llevo queso.
Y dejo un lugar vacío.
No para una persona.
Para lo inesperado.
Es, con diferencia, el invitado más puntual.
Guillermo Bogani
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