Un argentino y sus amigos nos muestran como sienten la patria en la distancia.


Cuando la vida nos lleva por caminos de desarraigo, las raíces suelen aferrarse con más fuerza a la tierra. Pienso en esos árboles que contemplé durante tantos años en los acantilados de la Costa Atlántica, la tierra que vio crecer a mi familia y donde nacieron mis hijos. Son árboles que se inclinan bajo el viento del sudeste, ese viento que parece capaz de doblegar voluntades y arrasar cuanto encuentra a su paso. Sin embargo, ellos se adaptan. Se tuercen, casi aprenden a bailar con el viento. Aferran sus raíces a la tierra, resisten, no se quiebran, no mueren. Aprenden a crecer con ese viento.

Algo parecido ocurre cuando una persona debe dejar su país, cualquiera sea la razón. A veces es una elección; otras, una necesidad. En ambos casos se siente la fuerza de un viento desconocido que golpea con intensidad. Muchas veces uno está a punto de quebrarse, pero aprende, se adapta y descubre que no necesita cortar sus raíces para avanzar. Por el contrario, se aferra a ellas con mayor fuerza.

En ese camino se buscan lugares conocidos, historias familiares, sabores, sonidos y voces capaces de tender puentes entre el pasado y el presente.

Hace algunos meses, y de manera no planificada, desembarqué en Italia, en la región de Le Marche, el lugar que mis hijos eligieron como nuevo hogar en los últimos años.

Cuando uno llega a un país nuevo carece de historia propia. Nadie lo conoce por las calles, no existen vecinos de toda la vida ni referencias compartidas. Las costumbres son distintas y todo parece estar por construirse. Entonces la soledad se dibuja detrás de una ventana en un día de lluvia, mientras suenan una zamba, un tango o alguna canción del rock nacional.

Pero uno sigue siendo quien es. La esencia permanece intacta. Y en mi caso, impulsado por esta pasión periodística que me acompaña desde siempre —la curiosidad por descubrir historias—, comencé a buscar la forma de seguir haciendo aquello que he hecho toda la vida: escuchar, preguntar y narrar.

Fue así como conocí a un cordobés, Jesús Olmos, un joven de una energía extraordinaria. Junto a un grupo de personas tan entusiastas como él había creado una verdadera asociación, no simplemente un grupo de WhatsApp. Habían fundado la Asociación de Argentinos en Le Marche con una idea sencilla y poderosa: ayudar a otros argentinos.

Desde el primer encuentro advertí que allí había algo diferente. Lo entrevisté para la radio y, casi sin darme cuenta, nació una amistad. Esa amistad me llevó, con la fuerza de un tsunami, a convertirme en presentador de una gran fiesta argentino-italiana organizada para conmemorar la Revolución de Mayo.

Y fue entonces cuando descubrí algo que me llenó de asombro.

A más de quince mil kilómetros de mi Argentina encontré, en una ciudad de esta región italiana, una réplica de nuestra Pirámide de Mayo. Más pequeña que la original, pero idéntica en su diseño. Allí está, en Potenza Picena, provincia de Macerata, erguida en un lugar céntrico de la ciudad como un símbolo inesperado de la historia compartida entre dos pueblos.

La pregunta surgió de inmediato: ¿cómo había llegado hasta allí?

La respuesta nos conduce a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando la corriente migratoria italiana hacia la Argentina alcanzó dimensiones enormes. Los barcos partían casi a diario rumbo a América. La migración fue, para algunos, un gran negocio; para otros, una experiencia atravesada por el dolor y la incertidumbre.

Imagino aquellos muelles repletos de familias y viajeros solitarios cargando enormes valijas. Dentro de ellas llevaban ropa y objetos, pero también fragmentos de su historia personal, recuerdos, sueños y esperanzas. Partían hacia una tierra prometida que existía más allá del horizonte.

Con la partida comenzaban nuevas historias, pero también se interrumpían muchas otras. Las despedidas eran, en numerosos casos, definitivas. El único medio de comunicación posible era la carta manuscrita. Sin embargo, el analfabetismo estaba muy extendido y no pocas familias jamás volvieron a encontrarse ni a saber unas de otras.

Aquellos inmigrantes que llegaron a la Argentina desde esta región, y especialmente desde Potenza Picena, quisieron dejar un legado de gratitud hacia la tierra que los recibió. Una tierra que les permitió crecer, formar familias y construir un futuro sin renunciar a sus raíces. Por el contrario, las integraron a la identidad argentina, enriqueciendo con su cultura, sus tradiciones y su particular manera de hablar la vida cotidiana de millones de personas.

Potenza Picena alberga hoy la única réplica existente en el mundo de la Pirámide de Mayo, el emblemático monumento que se levanta en la Plaza de Mayo de Buenos Aires. Inaugurada en 1967, fue donada por la Sociedad Potentina de Mutuo Socorro de La Plata como símbolo tangible del profundo vínculo entre la ciudad italiana y la numerosa comunidad de emigrantes que contribuyó al desarrollo de la nación argentina.

La Pirámide de Mayo representa mucho más que una obra arquitectónica. Es un símbolo de la libertad conquistada y defendida. Nos recuerda que los grandes proyectos colectivos nacen cuando personas que piensan diferente son capaces de encontrar un objetivo común. Así, el sueño de unos pocos puede transformarse en la realidad de toda una nación.

También simboliza ese espíritu de apertura que quedó plasmado en el Preámbulo de nuestra Constitución Nacional cuando afirma el propósito de “asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.

Hoy ese abrazo sigue vivo. Atraviesa océanos, generaciones y fronteras. Construye puentes que el mar nunca pudo romper. Une a italianos y argentinos bajo una misma memoria compartida. Es la historia de una bandera que se pinta en el cielo de ambos pueblos y que encuentra, en tantas familias italianas, el abrazo que siempre permaneció allí, esperando el regreso de sus hijos y nietos.

Quiero agradecer especialmente a las autoridades de Potenza Picena: a la señora Noemí Tartabini, Sindaca de la ciudad; al Secretario de Turismo, Cultura y Espectáculos, Michele Galluzzo; a la consejera comunal Verónica Fortuna; al consejero provincial Giorgio Junior Pollastrelli; y, por supuesto, a la Asociación de Argentinos en Le Marche, encabezada por su presidente, Jesús Olmos. En ellos agradezco a todos los que hacen posible que esta hermosa historia de familias, memoria y encuentro continúe escribiéndose día tras día.

Aldo J. Barone






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