Manuel de Falla, el músico que vivió entre Cádiz y Alta Gracia

 

Este año se conmemora el 70° aniversario de la muerte del español Manuel de Falla, quien hizo de Córdoba su segundo hogar

n la mañana del 28 de septiembre de 1939, a poco de terminar la Guerra Civil Española y unas semanas más tarde del inicio de la Segunda Guerra Mundial, un pequeño grupo de amigos se apiñaba en uno de los muelles del puerto de Buenos Aires para ser los primeros en recibir al músico Manuel de Falla y a su hermana María del Carmen. Algunos periodistas se habían adelantado a su llegada viajando en la víspera a Montevideo en el Vapor de la Carrera, para así poder recibir al paquebote y lograr las primeras declaraciones del maestro español.

El compositor y director Juan José Castro y su esposa Raca encabezaban el comité de recepción en la deslucida plataforma del puerto porteño, al que se fue aproximando, poco a poco, la inmensa mole del transatlántico que traía a Manuel de Falla a la Argentina. Falla llegaba invitado para dar una serie de conciertos monográficos en el Teatro Colón de Buenos Aires, con un repertorio que dirigiría el mismo compositor, como venía sucediendo en los más importantes teatros europeos. En los años 30, el autor de El amor brujo había conseguido una fama internacional superior a la de cualquiera de sus compatriotas, y su presencia en la Argentina constituía un evento en sí mismo.

Por la casa de Manuel de Falla en Alta Gracia pasaron varios exilados españoles
Por la casa de Manuel de Falla en Alta Gracia pasaron varios exilados españoles

Superados los abrazos, las palmadas y las primeras preguntas periodísticas, Juan José Castro y su esposa llevaron a los hermanos Falla al elegante Plaza Hotel, en la Plaza San Martín, donde habían reservado su alojamiento. Y aquí se produjo el primer inconveniente: el maestro se mostró escandalizado por el lujo del hotel porteño e hizo saber a sus amigos que el no pretendía semejante despliegue para recibirlo. Hubo que convencerlo y prometerle pasar a una vivienda más sencilla en la que se sintiera más cómodo. Esa anécdota que muestra la personalidad de quien, para esa época, era uno de los compositores académicos más famosos del mundo, se refleja hoy en el espejo de dos de sus casas, ahora museos, ambas de una sencillez emocionante: la casa de Los Espinillos, en Alta Gracia (en la Córdoba argentina) y la casa de la Antequeruela, al pie de la Alhambra, en Granada. Dos modelos de modestia e intimidad que pintan de un trazo la imagen de quien Rafael Alberti llamó en algún momento “un frailecito”, al verlo salir a recibirlo en Alta Gracia vestido con un poncho que casi le llegaba a los pies y la expresión de bondad que testimoniaron quienes tuvieron la suerte de conocerlo.

Manuel de Falla había llegado al pináculo de su fama en Paris, en los años anteriores a la Gran Guerra. Desde su encuentro con el célebre Diaghilev, creador de los Ballets Rusos (que había estrenado La consagración de la Primavera, de Igor Stravinsky, entre abucheos y aplausos de un público impactado por la novedad), hasta la creación del Concurso de Cante Jondo en Granada en 1922, Falla había sido convocado por las principales orquestas europeas, que lo requerían como director y también como pianista, y había recibido encargos como el de El retablo de Maese Pedro, sobre el texto cervantino, que montó con Wanda Landowska al clave, con escenografía de Pablo Picasso y la iluminación de Luis Buñuel.

Pero fue junto a Federico García Lorca, su amigo y discípulo, que Falla se reencontró con el espíritu puro de la gitanería y su arte particular: el cante jondo. En esa serie de conciertos realizados en Granada al pie de la Alhambra, Falla puso en primer plano la importancia del cante original, promoviendo a espontáneos que venían del campo, o después de pasar una temporada en la cárcel, o cultivando el milagro expresivo de la danza.

Fue el mismo Federico quien le insistió en que viajara a la Argentina, donde él había sido tan bien recibido, y probablemente fue el recuerdo de su amigo, trágicamente asesinado al comienzo de la Guerra Civil, el que lo empujó a tomar la decisión de viajar a América del Sur, tan lejos de su querida tierra andaluza.

Su primer año en Buenos Aires fue intenso, con conciertos en el Colón y una vida social que lo sacaba de su espíritu ermitaño. Fue entonces también que su estado de salud empeoró –tenía problemas pulmonares–, y decidió viajar a Córdoba, donde le aseguraron un clima más favorable que el de la húmeda Buenos Aires. Así fue como, con la ayuda de sus amigos, se instaló primero en Villa Carlos Paz (Villa del Lago) y más tarde en Alta Gracia, su destino final.

Ya instalado entre las serranías cordobesas, escribió a sus amigos que “le parecía estar en alguna región desconocida de España”, tan familiar para él como la vega granadina. A pesar del respeto con que fue recibido y el reconocimiento de sus colegas argentinos, nunca dejó de pensar en su tierra, en sus afectos, en su lengua. Cada tanto recibía la vista de sus amigos más próximos, el poeta Rafael Alberti, la cantante Conchita Badía, el compositor catalán Jaime Pahissa (su biógrafo), así como aquellos que deseaban conocerlo personalmente o conseguir que el maestro los escuchara, como el compositor argentino Carlos Guastavino, quizás su último discípulo.

Mientras tanto, la guerra devastaba Europa y dejaba a Falla sin los recursos que debían girarle las editoriales musicales que representaban su obra, a pesar de lo cual resistía a los ofrecimientos que insistentemente Franco le hacía llegar para que regresara a España.

Manuel de Falla había sido acunado en Cádiz por un ama de cría, “la Morilla” que seguramente lo inició en los misterios del cante jondo y la interpretación mágica de la vida. Por eso, a lo largo de su existencia, junto a una fe religiosa activa, conservó una concepción cabalística que imaginaba su vida signada por la cifra siete. De ese modo, dividía los períodos importantes de su tiempo vital en etapas de siete años cada uno, signados por algún hecho desencadenante de un cambio en la suerte: siete años en Cádiz, luego catorce en Madrid, luego Barcelona y más tarde Paris, seguidos por tres series de siete en Granada, y una nueva etapa que se iniciaba con el viaje a la Argentina.




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