Doctor y poeta
Decíamos que nos encontramos con versos a lo largo de casi todas las páginas escritas por nuestro autor, a veces dando forma a poemas exquisitos, otras como bromas o chanzas en versos adrede sin pulir demasiado; hasta el más científico de sus escritos parece signado por la inspiración poética. Eso es algo inocultable. Sin embargo no podemos decir que ésta sea una de las cualidades unánimemente apreciadas por la crítica.
Castellani, más bien, no es apreciado como poeta y esto nos obliga de modo particular a detenernos a estudiar qué es lo que significa la poesía para él y de qué manera se integran a su obra y pensamiento toda esa inmensa cantidad de versos que nos dejó. Aunque se haya discutido mucho su calidad como poeta, y él mismo se definiera alguna vez como “un poeta menor”, creemos que hay motivos para asegurar lo contrario –si bien no es éste el momento de probarlo-.
Por ahora solamente querríamos destacar cómo constantemente Castellani supo recurrir a la poesía para intentar expresar lo inexpresable y cómo, a través de la misma, su genio manifiesta de modo particular su naturaleza y fuerza.
En su Crítica Literaria escribió que “Una poesía inmortal no es al fin más que un alma vibrante de amor o de dolor que ha encerrado por obra del arte ese momento suyo en el joyel alado y transparente de la palabra. Pero no basta eso: es preciso que esa misma vibración la haya tenido o puedan tener centenares de otras almas, vale decir, que sea comunicable, o lo que es lo mismo, humana. No está el punto en que tenga rimas difíciles o un léxico muy abundante.”
Cierto es que nuestro Autor dista mucho de ser siempre un poeta clásico y sereno, de un verso puro y límpido como Darío; si su pensamiento es “agónico”, su poesía también lo es, y aquí se da la mano con grandes de todos los tiempos.
Las influencias en este campo que podemos notar son innumerables, pero entre todas no podemos de dejar de destacar algo que a primera vista suena casi contradictorio: la cercanía de los clásicos latinos, de los místicos Santa Teresa y San Juan de la Cruz -que justamente supieron transmitir a través de la belleza de la palabra, la infinita Belleza de la Palabra-, y de poetas modernos como Claudel, Baudelaire, Lugones o nuestro José Hernández –que supieron expresar el dolor del homo viator-.
Por eso tenemos que remarcar algo: amó la Poesía no como un objeto de delectación puramente estética, sino como el medio más alto que tiene el hombre para poder expresarse en lo más profundo. Si bien el arte tiene un fin propio, no puede sostener como Theophile Gauthier “el arte por el arte”, no: el arte subordinado, como todo obrar humano, al Último Fin; el arte como búsqueda y anhelo de infinito, no ya como una forma vaga de romanticismo, sino a la manera límpida y luminosa del Mester de Clerecía: "El arte tiene una ventana abierta al infinito y en su mesa el resabio del paraíso terrestre; y por eso es grande y a la vez peligroso.
En su casa es donde Dios y el diablo libran las más hondas batallas. Santa Catalina de Siena, prendada por el de su tiempo, lo estimó ministro de la contemplación; León Bloy, furioso por la corrupción del nuestro, lo creyó un parásito de la antigua serpiente." (Conversación y crítica filosófica)
La Poesía fue para Castellani desde su adolescencia, allá en el Colegio de la Inmaculada, algo vivo y constante, por eso la cantidad inmensa de versos que pueblan todas sus obras, no sólo las estrictamente literarias; fue para él una forma natural de expresarse, y en esa naturalidad encontramos el porqué de aquella variedad de temas, estilos y perfección formal que señaláramos (desde cierto descuido o falta de pulcritud aparente, hasta el verso delicado y acabado). Cuán decisiva fue la poesía en su vida -y en su forma de pensar- lo podemos apreciar en este recuerdo que parte de una confesión dolorosa a Horacio Caillet-Bois, antiguo condiscípulo del bachillerato:
“Si no fuera por mi fe en Cristo y mi devoción a la Virgen Santísima –le escribió en una carta-, mi vida sería un tejido de horrores.” Su amigo le contestó pidiéndole que no se detuviese en aquellos horrores, exhortándolo a no “darse cuerda”: “Me contestó aprobando el dicho (...) y me recordó que además desos motivos religiosos, yo tenía también palancas naturales para sostenerme en la vida. Caí al momento que una o la única desas palancas era el “poder de trovar”, o como dice Martín Fierro: No apagó mi amor al canto Ni mi poder de cantar. En efecto, desde muy niño, me hallé capaz de escribir y con una afición devoradora a la lectura, como consecuencia; y no se puede negar que es una de las palancas mayores, si no la mayor, de lo que llaman hoy feamente “escapismo”. (Una gloria santafesina) Ciertamente que la Poesía para nuestro autor no es escapismo, sino algo más profundo que se inscribe dentro de su búsqueda de absoluto; así lo dirá: “El arte es un reflejo de Dios, de la imagen de Dios en el alma del hombre, y la actividad intelectual más connatural al hombre; y, si viviésemos en pura natura, sería la actividad más alta del hombre.” (Doce parábolas cimarronas)
Podemos, entonces, afirmar sin dudar, que, si hacemos un balance de toda su obra, veríamos que pesa de modo indiscutible su vocación de poeta -Ante todo Poeta, como lo expresó acertadamente el título de un artículo publicado en su revista Jauja-. Pero, junto a esta afirmación, tenemos que repetir una advertencia: Castellani no es poeta de a ratos, sino siempre, y de esto se desprende una realidad: no podemos separar lo poético de los otros ámbitos de su producción intelectual. Lo poético en nuestro autor es como la clave que corona un arco gótico y sostiene -como “oscuro instinto”- su búsqueda dirigida a las alturas. Y, por último, aceptamos que Castellani tampoco es un poeta para todos: su lírica no es el dulce canto que entretiene y divierte, sino la expresión desgarrada que conmueve y convierte.
Sin siquiera conocerlo, podríamos intuir el universo de nuestro autor a través de los simples versos de este soneto –de exótico estrambote al medio- titulado: En el mar.
“Como un petrel que sobre la erizada
superficie del mar plúmbea y movida,
volando sin cesar toda la vida
y con las olas por precaria almohada,
la su indígena playa ya olvidada
toda esperanza de volver perdida
así boga mi alma mal dormida
sobre una eterna soledad salada.
Sólo un oscuro instinto la encamina,
Un increíble esfuerzo la sostiene,
Un fuego la alimenta y determina,
El aire la mantiene
Hacia un bajel azul de un rey que viene,
hacia un sueño de amor inmenso y lene
Y una ignota golconda diamantina.”
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