La deriva del otro
Hay una forma del amor que no consiste en acompañar, ni en celebrar, ni siquiera en comprender.
Consiste en mirar con una mezcla de miedo y de impotencia cómo alguien que amamos comienza a alejarse de sí mismo.
No siempre ocurre de manera espectacular.
A veces la deriva del otro es apenas un pequeño desplazamiento interior.
Una alteración casi imperceptible en el modo de hablar.
Una fatiga nueva en la mirada.
Ciertas ideas que antes parecían provisorias y de pronto empiezan a organizar una vida.
Como si algo, lentamente, hubiese cambiado de eje.
Y entonces aparece una de las experiencias más difíciles del afecto: la sospecha de que alguien querido está entrando en una zona de peligro.
Pero el problema comienza inmediatamente después.
Porque amar a alguien no convierte automáticamente nuestra percepción en verdad.
El amor también distorsiona.
También exagera.
También teme perder.
Y muchas veces llama abismo a aquello que simplemente no comprende.
Por eso la deriva del otro contiene una doble inquietud.
La primera es evidente:
¿cómo ayudar a alguien que parece dirigirse hacia su propio deterioro?
La segunda es más incómoda y más profunda:
¿quién nos asegura que ese deterioro no sea solamente una forma distinta de existir, una ruta que nosotros no hubiéramos elegido, pero que le pertenece?
Hay personas que ven decadencia donde en realidad hay transformación.
Y hay otras que llaman libertad a una destrucción evidente.
Casi nunca es sencillo distinguir una cosa de la otra.
Tal vez por eso la impotencia frente a la deriva ajena sea tan dolorosa.
Porque obliga a convivir con dos posibilidades insoportables al mismo tiempo:
la de intervenir demasiado, o la de no intervenir lo suficiente.
A veces uno quisiera tomar al otro del brazo y decirle:
“Volvé.”
Pero ni siquiera sabe con certeza desde dónde habría que volver.
Y sin embargo, aun en medio de esa incertidumbre, el amor suele insistir.
Observa.
Espera.
Permanece cerca de la orilla por si el otro decide regresar de un lugar cuyo nombre nadie conoce del todo.
Quizás amar también sea eso:
aceptar que no siempre podemos salvar al otro, y que tampoco nos corresponde decidir completamente cuál es su naufragio y cuál es su destino.
Guillermo José Luis Bogani
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