La columna de bogani

 Llora, llorá


No termino de entender cómo hizo.

Eso es lo primero que pensé cuando escuché la canción.

Porque una cosa es escribir algo triste. Cualquiera puede escribir algo triste. La tristeza está por todos lados. Lo difícil es hacer algo hermoso con ella sin mentir, sin maquillarla, sin convertirla en una postal berreta. 

Y eso pasa en Llora, llorá.

La canción avanza como si llevara en los bolsillos piedras y flores al mismo tiempo.

Por momentos dan ganas de preguntarle a Milo cuántos años tiene de verdad. No porque un chico de diecinueve años no pueda sufrir. Al contrario. A esa edad se sufre de una manera feroz. Lo extraño es encontrar a alguien capaz de transformar todo eso en algo tan delicado.

Mientras la escuchaba me pasó algo raro. Sentía la tristeza de la canción, pero no me hundía. Era como si la belleza estuviera haciendo un trabajo silencioso por detrás. Como esos amigos que no dicen gran cosa cuando uno está mal, pero se quedan sentados al lado y eso alcanza.

Pensé entonces que el arte, cuando acierta, hace algo similar.

No nos rescata del dolor.

Nos rescata de estar solos dentro del dolor.

La diferencia parece pequeña. No lo es.

Porque una pena compartida sigue siendo una pena, pero ya no tiene el mismo peso.

Y ahí aparece el milagro.

La canción habla de cosas rotas, de recuerdos que lastiman, de alguien que nos ‘recagó a piñas’. Sin embargo, cuando termina, uno no queda más lastimado ni más triste.

Queda más humano.

Como si hubiesen abierto una ventana en una habitación cerrada desde hace mucho tiempo.

Y entra aire.

Nada más.

Nada menos.



Guillermo Bogani

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