TANGO
El tango tiene una costumbre extraña: llega siempre unos segundos después de que ocurrió algo.
Uno está sentado en un café, mirando una esquina cualquiera, y de pronto aparece. No el tango que se baila para las fotografías ni el que sirve de decoración turística. Aparece el otro. El que parece haber estado esperando detrás de una puerta. El que conoce nuestros nombres de memoria.
Es difícil saber de qué está hecho. Un poco de puerto, desde luego. Un poco de barco. Un poco de gente que llegó de muy lejos y descubrió que la distancia no terminaba cuando el viaje terminaba. Pero eso no alcanza para explicarlo.
Porque el tango no extraña solamente lugares.
Extraña tiempos.
Extraña conversaciones que todavía estaban ocurriendo. Extraña una ciudad que aún existe. Extraña personas que siguen vivas.
Tiene una relación caprichosa con el reloj. Mientras la mayoría de las músicas avanzan, el tango gira. Da una vuelta sobre algo que perdió y vuelve a pasar por el mismo sitio, como quien regresa a una casa para comprobar que la luz sigue encendida.
Por eso sus grandes creadores nunca parecieron del todo resignados. Manzi, Discépolo, Cátulo, Troilo, Piazzolla. Todos entendieron que la nostalgia no es únicamente una forma de tristeza. A veces es una manera de permanecer cerca.
Los argentinos nos reconocemos en ese mecanismo. Somos especialistas en conversar con lo ausente. Guardamos bares que ya no están, barrios que cambiaron de nombre, equipos que jugaron mejor hace cuarenta años y amores que, curiosamente, mejoran con cada recuerdo.
El tango comprendió eso antes que nosotros.
Comprendió que la memoria no archiva: reescribe.
Y mientras otras músicas celebran lo que tienen delante, el tango se entretiene observando lo que acaba de doblar la esquina.
Acaso por eso nos representa tanto.
No porque sea triste.
Sino porque sospecha, con una lucidez casi infantil, que las cosas más importantes de la vida empiezan a convertirse en recuerdo mientras todavía están ocurriendo.
Guillermo J.L. Bogani
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