CELULAR DE IDENTIDAD
(yendo por todo)
Nadie sale de su casa sin llevar consigo ese pequeño rectángulo negro donde ya no guarda solamente mensajes, fotos o números telefónicos. Lleva allí una versión portátil de sí mismo. Una biografía comprimida. Un archivo sentimental. Una agenda médica. Un mapa. Una oficina. Una memoria auxiliar. Un álbum de muertos y de vivos. Un confesionario. Un banco. Un diario íntimo. Un escenario. Una sala de espera. Un refugio contra el silencio.
Durante siglos, el hombre creyó que las herramientas prolongaban el cuerpo. El martillo prolongaba la mano. El telescopio prolongaba la vista. El automóvil prolongaba las piernas. Pero el celular ya no prolonga una parte del cuerpo: prolonga la identidad entera. O quizá la reemplaza lentamente.
Perder el teléfono produce hoy una sensación extraña, difícil de explicar en términos clásicos. No es solamente la pérdida de un objeto. Es una forma contemporánea del desamparo. Como si alguien hubiera extraviado una parte decisiva de su continuidad psicológica. Porque allí estaban las conversaciones amorosas, las fotos de la infancia, las claves bancarias, los cumpleaños, las discusiones, las rutas, las canciones, los rostros, las pruebas de existencia. Ya no recordamos teléfonos porque el teléfono recuerda por nosotros. Ya no memorizamos caminos porque él piensa el trayecto. Ya no esperamos porque él llena cada intervalo.
El aparato comenzó siendo una prótesis. Pero algo ocurrió en el camino.
Las prótesis suelen servir al cuerpo. Aquí, en cambio, el cuerpo parece empezar a servir a la prótesis. El hombre ya no mira el celular: el celular organiza la mirada del hombre. Decide qué merece atención, qué merece enojo, deseo, miedo, excitación o tristeza. Determina incluso el ritmo de la ansiedad. Hay personas que se despiertan de madrugada no por una pesadilla sino por la sospecha de una notificación inexistente. El teléfono ya consiguió infiltrarse en el sueño.
Resulta difícil imaginar otro objeto que haya ido “por todo” de un modo tan absoluto. Ocupa el trabajo, el ocio, el erotismo, la información, la amistad, la política, la música, la fotografía, el amor, la memoria, la orientación espacial y hasta el aburrimiento. Sobre todo el aburrimiento. Tal vez por eso el silencio se volvió tan insoportable: porque el celular convirtió cualquier vacío en una anomalía a corregir inmediatamente.
Y sin embargo, lo más inquietante no es la dependencia práctica sino la emocional. Mucha gente ya no soporta quedar sola consigo misma más de unos pocos minutos. El menor intervalo se rellena automáticamente con una pantalla. Como si la conciencia necesitara anestesiarse de manera permanente. Como si existir sin estímulos resultara demasiado parecido a desaparecer.
Quizá el problema no sea tecnológico sino espiritual.
Porque cada civilización termina revelando aquello que más teme. Y acaso la nuestra haya construido este sistema infinito de mensajes, sonidos, imágenes y desplazamientos para evitar una experiencia cada vez más rara: quedarse quieto frente a uno mismo.
El celular no vino solamente a facilitarnos la vida. Vino también a impedir ciertos encuentros. El encuentro con el tiempo. Con la demora. Con el vacío. Con la espera. Con la propia interioridad.
Por eso tal vez el gesto verdaderamente revolucionario de nuestra época no consista en hablarle a una inteligencia artificial, ni en acelerar todavía más las conexiones, ni en producir más contenido.
Tal vez consista, simplemente, en apagar el teléfono un rato.
Y soportar lo que aparezca después.
Guillermo José Luis Bogani
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