Winston y Clementine

 Winston Churchill vivió junto a su esposa, Clementine Churchill, durante más de 56 años. La amó. La amó profundamente, con una intensidad poco común. Era un hombre difícil; no era sencillo convivir con él. Fumaba puros en la cama y a veces quemaba el pijama o las sábanas. Bebía alcohol, y para muchos, demasiado. Tenía altibajos, luchaba, caía y volvía a levantarse. A veces era insoportable en sus relaciones con los demás y, en ocasiones, ni siquiera escuchaba lo que le decían. Se escuchaba sobre todo a sí mismo. No era un hombre especialmente atractivo y no era deportista. Pero amaba muchísimo a su esposa y no podía vivir sin ella, aunque a veces tampoco la escuchara a ella.

Clementine encontró, sin embargo, una forma sabia de acercarse a él: eligió no levantar la voz ni discutir. Empezó a escribirle. Mensajes. Cartas. En ellas le pedía con ternura, lo orientaba con delicadeza, lo sostenía y lo ayudaba a tomar mejores decisiones. A veces, al final de sus líneas, dejaba una pequeña señal de cariño, como esos gestos afectuosos que usamos hoy. Churchill las leía. Y muchas veces cambiaba para bien. Aquellas cartas lo fortalecían profundamente. Así, su esposa evitaba conflictos y malentendidos. Su relación no fue perfecta, pero estuvo marcada por una lealtad excepcional. Y él permaneció unido a ella hasta el final de su vida. Lo entiendes: la amó durante más de 56 años. Luego murió, vencido por la vejez. Y Clementine quedó sola. La vida perdió parte de su sentido para ella, aunque siguió cuidando su memoria y su legado.
Un día, al revisar sus papeles y recuerdos, su mirada pudo volver a encontrarse con palabras escritas por él, palabras que parecían responder a la nostalgia y al dolor de la pérdida. Churchill la había sostenido en vida, y también su voz, conservada en sus discursos y escritos, podía seguir dándole fuerza después de su muerte. Así podían sentirse aquellas líneas, como si las leyera por primera vez. Como una respuesta a una pregunta interior: “¿qué debo hacer y por qué debo seguir viviendo?”.
Ella podía escuchar la voz de su amado esposo a través de sus palabras: “Nunca cedas; nunca, nunca, nunca, nunca, en nada grande o pequeño, importante o insignificante; nunca cedas, salvo ante convicciones de honor y buen sentido. Nunca cedas ante la fuerza; nunca cedas ante el poder aparentemente abrumador del enemigo”. Y ella no cedió.
Clementine preservó su memoria, apoyó la publicación de sus escritos y mantuvo vivo su legado. Después, con discreción, siguió su camino hasta reunirse con él en la eternidad. Con aquel hombre al que amó tan profundamente. Y que, incluso después de su muerte, parecía responderle, sostenerla y mostrarle cómo seguir viviendo...
Fuente: National Churchill Museum ("Never Give In, Never, Never, Never", 29 de octubre de 1941)
Puede ser una imagen de una o varias personas, sobretodo y texto que dice "LA casa LAcasadelsaber del saber"

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