Un joven escritor En 1924 sus superiores lo destinan a enseñar Literatura, Castellano, Historia e Italiano en el Colegio del Salvador de la Ciudad de Buenos Aires; serán cuatro años de Colegio –así llamaban a esta práctica común entre los jesuitas- en donde verá interrumpida su estricta formación religiosa e intelectual para practicar la docencia. A partir de este año, podemos decir que comienza su producción literaria propiamente dicha. En la revista escolar. Como su malogrado padre, Castellani siempre se definirá como periodista –entre otras cosas-, quizás porque una buena parte de su obra fue publicada en periódicos antes que en libros. También porque fue el periodismo lo que le dio de comer cuando lo expulsen de la Compañía y suspendan como sacerdote. A causa de estas primeras publicaciones, en Argentina se comienza a hablar de un autor cuyo pseudónimo llama la atención, Jerónimo del Rey. Un testigo, el Padre Benítez, lo dice así: “Cuando apareció en escena y en ese medio sobresaltado de la generación del tiempo de nadie entró con un empuje que lo llevó todo por delante. Los profesionales del galimatías dieron un paso atrás y bizquearon como si en medio del cotarro hubiera caído inopinada una centella. Salía como la espada de la vaina, reverberante y filosa.” Su primer libro hoy lo llamamos Camperas, aunque pasó por otros títulos en sus muchas ediciones. Si bien fue publicado en 1931, mientras su Autor estaba estudiando en Italia, es fruto de estos años de trabajo. Son Fábulas para niños y jóvenes –en principio, aunque como toda buena literatura para niños no se agota en ellos-. No evitan los grandes temas, más bien, que se caracterizan por hacerlos comprensibles. Gustavo Martínez Zuviría, que con el pseudónimo de Hugo Wast, era en esos momentos uno de los escritores argentinos más famosos y leídos en todo el mundo –y luego injustamente olvidado-, contó así su primer encuentro con las obras de nuestro autor. Vale la pena la cita larga, es un encuentro de gigantes: “De tiempo atrás venía observando la colaboración frecuente de un tal Jerónimo del Rey (Leonardo Castellani), bajo el título de Fábulas Camperas, y con un subtítulo poco atrayente para mí que soy muy poco aficionado a la literatura docente -¡cuidado con cambiar la “o” en “e”!- Aquel subtítulo casi siempre revelaba una intención o una moraleja; una tesis, según se dice cuando se trata de novelas o de piezas teatrales. Con esta aprensión he pasado tiempo viendo la firma y sin leer ni una coma. Hasta que un día, incitado por la brevedad de una fabulita que no llegaba a media página y que se llamaba Flaco y barrigón, la leí, y enseguida otra, El Zorzalito; y luego otra más, La Tala, y fue para mí un deleite desde ese instante rebuscar en la colección de EL SALVADOR todas las cosas firmadas por aquel ignoto Jerónimo del Rey. Repito que soy muy poco aficionado a la fábula. (...) Algunas viejas fábulas griegas, francesas y españolas, siguen dominando el mercado, y los fabulistas criollos no pueden competir con ellos, por más que traten de imitarlos. Y en esto consiste el principal mérito de Jerónimo del Rey: no ha intentado imitar ni a Esopo, ni a La Fontaine, ni a Samaniego. Sus fábulas no se parecen a las de nadie; son cosa propia de él, mejor dicho, son cosa nuestra. Está en ellas toda la tierra argentina, el Chaco y la Pampa, y el río y los bañados, y en el espíritu del Chajá, y del Zorzal, y del Zorro y del Loro y de la Comadreja, y del Tigre, y del Pirincho y de la Palomita de la Virgen, está de tal manera vivo y animado el espíritu humano, que inmediatamente se nos ocurre decir: el Chajá es don Fulano; la Comadreja es doña Fulana, y la Palomita de la Virgen es tal o cual chica que hemos conocido y de quien nos han hablado, que murió de pena o de amor... Al escribir a vuelapluma esos cuadritos camperos, Jerónimo del Rey no se ha imaginado seguramente que acababa de crear un estilo en la prosa argentina. No sólo me gustan las fábulas de Jerónimo del Rey por su realismo, sino por la fuerza poética de su visión y la originalidad -de su expresión, y finalmente porque no ha sentido ese temor pueril que sienten nuestros escritores docentes -¡y cuidado, otra vez con la “o”!- de hablar de Dios, como si el santo nombre del Creador fuera a manchar la conciencia o las pupilas del niño.” En este mismo camino de la literatura narrativa, a Camperas le seguirán en los próximos años otras colecciones de relatos varios como Historias del Norte Bravo1 y Martita Ofelia (Romance para ciegos)2. En el primero tenemos otra rica colección de relatos situados en el campo argentino (más específicamente, en el Chaco santafecino). Las últimas ediciones han sido completadas con escritos muy posteriores a las primeros, de modo que siendo un libro que abarca cerca de treinta años de su vida; podemos distinguir claramente dos partes: una juvenil, al estilo de Camperas, con la misma frescura y entusiasmo; y otra (secciones Segunda, Tercera y Cuarta), con las características del Castellani maduro, y su visión más abarcadora del hombre a través del sufrimiento. Sobre “Martita…” dice acertadamente la solapa de la Tercera edición que aquí encontramos una muestra de cómo escribía Castellani antes del año 1947. “Si en Camperas la narrativa de nuestro autor dio con un mundo natural y simple, en este libro ha traído la visión del pecado profundo, llevado hasta aquel extremo en que destruye al hombre que no lo haya desarraigado de sí.” Aquí encontramos algunos de los mejores cuentos de Castellani como El Misántropo o El Duelo. Su profunda originalidad, insistiremos, era un prudente volver a los orígenes, aunque, como dijo Hugo Wast, su expresión fue novedosa: “creó un estilo nuevo en la prosa argentina”. Desde ya que en su estilo no hay gusto por la novedad en sí –como sí lo hubo en buena parte de los literatos en auge por aquellos tiempos, o cercanamente predecesores como los modernistas-, sino simplemente búsqueda de las palabras adecuadas para lograr la expresión justa. Muchas veces se le ha criticado esa forma de escribir como “desmañada” o “poco académica”, y sin querer entrar en lo que podría ser un campo de apreciación estética, tenemos que notar que Castellani escribió de la misma forma en que pensó, cumpliendo lo dicho por Santo Tomás de Aquino: “el modo de expresarnos sigue a nuestro modo de entender.”
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