La relación de los grandes hombres con sus hijos traza una trama de afectos, familias rotas, ausencias y reconciliaciones tardías
Hay una grieta secreta en la historia argentina, una que no figura en los manuales escolares y que rara vez se enseña en las aulas. No es la grieta entre Saavedra y Moreno. Tampoco la que enfrentó a unitarios y federales ni la que, más de un siglo después, dividió a peronistas y antiperonistas. Es otra, más silenciosa y profunda: la que se abre entre el bronce y la carne.
Porque detrás de cada prócer hubo un padre. Un hombre atravesado por las mismas contradicciones, miedos y afectos que cualquier otro. Padres que amaron en secreto, que escondieron hijos para evitar escándalos, que escribieron consejos desde el destierro, que dejaron cartas inconclusas y que, muchas veces, llegaron tarde. Hijos que crecieron bajo el peso insoportable de un apellido histórico; que cargaron la gloria de sus padres y construyeron sus propias vidas a la sombra de un bronce que crecía mientras ellos envejecían.
La historia argentina, mirada desde esos hijos, deja de ser una sucesión de batallas y proclamas para convertirse en algo más humano: una trama de familias rotas, reconciliaciones tardías, ausencias y afectos.
La familia Castelli conoció esa grieta muy temprano. Juan José Castelli, el gran orador de Mayo, el revolucionario apasionado y ferviente morenista, descubrió que las guerras políticas podían volverse íntimas cuando su hija Ángela, de apenas diecisiete años, se enamoró de Francisco Javier Igarzábal, un joven saavedrista y, por lo tanto, su enemigo.
Para la Buenos Aires colonial aquello era mucho más que un romance inconveniente. Era una afrenta. Ángela hizo entonces lo único que una muchacha de su época podía hacer para imponer su voluntad: escaparse con su amado. La fuga produjo un escándalo monumental y obligó finalmente a la familia a aceptar el matrimonio. Nadie sabe si padre e hija lograron reconciliarse antes de la muerte de Castelli. Sin embargo, existe un detalle mínimo, casi pudoroso, que parece decir mucho más que cualquier documento político: un mes antes de morir, Castelli redactó su testamento y nombró primero a Ángela.
Pedro Castelli, hermano de Ángela, heredó la pasión política de su padre y el destino trágico del apellido. Peleó en San Lorenzo siendo casi un adolescente y atravesó décadas de guerras civiles luchando, según soplaran los vientos de la época, contra Artigas, López, Ramírez o los malones. Pero su final fue feroz incluso para los estándares brutales del siglo XIX argentino.
Cuando se levantó contra Juan Manuel de Rosas junto a los Libres del Sur, fue derrotado en Chascomús. Intentó escapar, pero un soldado federal lo alcanzó en una estancia perdida y lo degolló. Después vino la escena más estremecedora: su cabeza permaneció durante siete años clavada en una pica en la plaza de Dolores. Siete años expuesta al tiempo, a los pájaros y al miedo. Una advertencia de lo que sucedía a quienes osaban oponerse al Restaurador. Cuando su hijo Rómulo fue finalmente a recuperarla, ya no quedaba nada. El viento y el olvido habían terminado el trabajo.
Manuel Belgrano construyó una vida pública que escondía una intimidad mucho más compleja de lo que enseñan los retratos escolares. El creador de la bandera murió pobre, pagando a su médico con un reloj, y dejó escrito en su testamento que no tenía herederos forzosos. No era verdad. Mentía, probablemente, por amor y por pudor.
Belgrano había tenido dos hijos. El primero, Pedro Pablo, nació en 1813 como fruto de su relación con María Josefa Ezcurra, una mujer casada con un realista exiliado. Para evitar el escándalo, el niño fue anotado como huérfano y criado por Encarnación Ezcurra, hermana de María Josefa y esposa de Juan Manuel de Rosas.
Recién a los veinte años el muchacho conoció la verdad. Desde entonces decidió firmar como Pedro Pablo Rosas y Belgrano, un doble apellido en el que convivieron todas las contradicciones argentinas, ya que Rosas fue enemigo de las ideas de Mayo.
La segunda fue mujer, Manuela Mónica, nacida en Tucumán en 1819. Belgrano agonizaba y, consciente de que el tiempo se terminaba, le pidió en secreto a su hermano Domingo que utilizara los bienes que quedaran tras pagar las deudas para criar a la niña. Así ocurrió. Manuela Mónica fue criada en Buenos Aires dentro de la familia Belgrano, educada como una hija más.
Inteligente y culta, tuvo incluso un breve romance juvenil con Juan Bautista Alberdi antes de casarse con un sobrino nieto de su padre.
La historia de ambos hermanos parece escrita por un novelista. Criados separados, se conocieron recién de adultos y desarrollaron un fuerte vínculo afectivo. Y hubo un episodio final que terminó por unirlos para siempre: cuando en 1852 Pedro Pablo fue condenado a muerte, Manuela Mónica escribió una carta implorando clemencia “teniendo en cuenta su sangre”. Funcionó como era esperable.
Entre los descendientes de los próceres argentinos, quizá ninguna figura tenga una vida tan cinematográfica como Mercedes Tomasa de San Martín y Escalada.
Merceditas nació en Mendoza en 1816, por lo que el Libertador siempre se refirió a ella como “la mendocina”. Su padre apenas pudo verla unos meses antes de cruzar los Andes para iniciar la campaña. Tras la muerte de su esposa Remedios, San Martín reclamó a la niña, la llevó consigo a Europa y recorrieron Inglaterra, Bélgica y Francia.

Mercedes se casó en Francia con Mariano Balcarce, tuvo dos hijas y acompañó a San Martín hasta el último día de su vida en Boulogne-sur-Mer. También pintó cuadros -fue una de las primeras pintoras argentinas- y mantuvo siempre un vínculo afectivo con la Argentina. Cuando el terremoto de 1861 devastó la provincia de Mendoza, organizó colectas desde París para ayudar a las víctimas.
Murió en 1875, lejos de la tierra donde había nacido. Sus restos regresaron a la ciudad cuyana en 1951. Hoy descansan en la Basílica de San Francisco, junto a su esposo y a su hija mayor. Ese regreso tardío parece cerrar, finalmente, el círculo de una familia marcada por el exilio.
Domingo Faustino Sarmiento tenía apenas 19 años cuando, exiliado en Chile, se enamoró de María Jesús del Canto, una joven de 17. De esa relación nació Ana Faustina.
No hubo matrimonio, la familia de la joven lo impidió y le dio la opción al sanjuanino de quedarse con la niña o que ésta fuera a parar a un orfanato. Sarmiento optó por una decisión poco frecuente para la época: hacerse cargo de la niña. Doña Paula Albarracín, la madre formidable, cruzó la cordillera para buscar a su nieta y criarla en San Juan.
Faustina pasó su infancia rodeada de tías y abuelas mientras su padre recorría América y Europa estudiando sistemas educativos. Sin embargo, pese a la distancia, el vínculo nunca desapareció.
Durante su adolescencia la muchacha se trasladó a Chile a vivir con su padre. Poco después contrajo matrimonio con el tipógrafo francés Jules Belin y llevó una vida dedicada a la docencia.
Pero sin duda mucho más conocido fue el hijo adoptivo de Sarmiento, Dominguito, cuya vida se apagó en Curupaytí en septiembre de 1866.
Aquella muerte destruyó a Sarmiento y fue un puñal por el resto de sus días, ya que ambos estaban distanciados. En 1862 padre e hijo discutieron debido a la relación que el primero mantenía con Aurelia Vélez, rompiendo así el vínculo con la madre del joven.
Al conocer la noticia, Sarmiento escribió a Bartolomé Mitre desde Estados Unidos:“¡Qué cadena de desencantos! Habría vivido en él; mientras que ahora no sé a dónde arrojar este pedazo de vida que me queda; pues ni aquí ni allá sé qué hacer con ella”.
El sanjuanino trató de calmar su dolor a través de la escritura, base primordial de su existencia. Así nació Vida de Dominguito, libro que publicó dos años antes de morir y por el que hoy conocemos al joven.
Mirar la historia desde lo humano nos lleva a entender que la patria también se construyó a través de en esas vidas recorridas por el amor, la felicidad, el dolor y la pérdida. A través de estas anécdotas los próceres argentinos dejan de ser estatuas para convertirse otra vez en personas y, por lo tanto, aún más inmensos.
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