La columna de Guillermo Luis Bogani

 IMPOSIBLE 


Hay amores que nacen sabiendo que no podrán cumplirse.

Y, sin embargo, no por eso son menos reales. Al contrario: en la escritura, en el recuerdo, en esa forma de volver a ellos, se vuelven más intensos, como si cada palabra confirmara a la vez su imposibilidad y su verdad.

En esos amores aparece algo que no conviene ocultar: una dimensión patética.

No como degradación, sino como exposición. Como cuando en Muerte en Venecia de Luchino Visconti el deseo persiste aun cuando todo —la edad, la distancia, el tiempo— lo vuelve irrealizable. Allí, el amor no se retira: queda, insiste, y en esa insistencia se vuelve visible en su forma más desnuda.

Pero lo patético, en este caso, no humilla.

Sublima.

Sublima en el sentido de Sigmund Freud: el deseo que no encuentra cauce se transforma, se desplaza, se vuelve palabra, contemplación, forma.

Y sublima también en un sentido más antiguo, más cercano a lo religioso: como una ofrenda que no necesita ser consumada para ser verdadera.


Porque hay en estos amores algo profundamente encarnado.

No es sólo el alma la que ama: es también la carne la que ansía.

El cuerpo no se retira ante la imposibilidad.

El cuerpo insiste.

Y ahí aparece el ansia —esa forma casi física del deseo—, que no se calma porque no hay cumplimiento, pero tampoco se extingue. Permanece como una vibración, como una sed que no encuentra agua y sin embargo no deja de nombrarla.

Tal vez por eso estos amores se parecen a una comunión que no puede tomarse.

Se sabe que esa hostia no será nunca recibida, que no habrá consumación, pero la fe —o el deseo— no se interrumpe. Se permanece frente a ella, en una cercanía imposible, sostenida por algo que no es cálculo ni expectativa, sino una forma de fidelidad.


Y en esa fidelidad hay algo profundamente humano.

Porque somos eso: no sólo conciencia, no sólo espíritu, sino una mezcla indivisible de alma y cuerpo, de amor y ansia, de elevación y carne.

Por eso estos amores, aun imposibles, no son un error.

Son, en todo caso, una de las formas más intensas de estar vivos.

No por lo que prometen,

sino por lo que sostienen.

La obstinación del alma,

y la profundidad de lo encarnado.


Guillermo José Luis Bogani 

Edición Luis I.A.

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