La columna de Bogani

 La luz después de la luz


Algunos pintores representan la presencia de las cosas.

Otros —muy pocos— parecen pintar lo que acaba de irse.

Edward Hopper pertenece a esa segunda clase.

En sus cuadros la luz nunca llega del todo como celebración.

Llega como evidencia.

Como una forma silenciosa de señalar que alguien estuvo ahí, o que algo ocurrió hace apenas unos

 minutos y dejó una temperatura emocional suspendida en el aire.

La luz en Hopper no ilumina: registra.

Registra la ausencia sobre una cama todavía tibia.

Sobre una barra de bar donde ya no queda conversación.

Sobre la ventana de un departamento donde alguien mira sin mirar.

Sobre la geometría triste de un hotel, de una estación de servicio, de una madrugada norteamericana

 que parece haber perdido una parte de sí misma.

Por eso sus pinturas producen una sensación tan extraña.

No son escenas vacías.

Son escenas abandonadas hace instantes.

La luz funciona entonces como un detective melancólico.

Va recogiendo restos emocionales.

Se posa sobre las paredes, sobre las cortinas, sobre los cuerpos quietos, como si intentara conservar

 una prueba antes de que el tiempo termine de borrarla.

En Hopper la soledad no aparece únicamente en las personas.

Aparece también en los objetos.

Las lámparas están solas.

Las ventanas están solas.

Las estaciones de tren parecen haber sido dejadas atrás por el mundo.

Y quizá por eso sus cuadros conmueven tanto.

Porque entendió algo muy profundo: muchas veces la tristeza no se manifiesta en el drama, sino en la

 iluminación.

Hay una clase de luz que no viene a revelar.

Viene a confirmar que algo falta.Tal vez toda la obra de Hopper pueda leerse así:

como el intento de fotografiar el instante exacto en que la ausencia empieza a volverse visible.


Guillermo José Luis Bogani


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