La columna de Bogani

 EN LAS TERRAZAS 


Su terraza era chica.

Tan chica que, vista desde abajo, no parecía una terraza sino un error.

Pero cuando subía, dejaba de ser chica.

Se sentaba en la reposera —siempre la misma— y empezaba a contar estrellas.

No porque creyera que podía hacerlo bien.

Al contrario.

Sabía que era imposible.

Y por eso empezaba.

Uno.

Dos.

Tres.

La cuarta ya no estaba donde había estado.

O sí estaba, pero brillaba distinto, como si se hubiera corrido apenas para confundirse con otra.

Entonces dudaba.

Volvía.

Empezaba otra vez.

Y a veces —cada vez más seguido— tenía la sensación de que las estrellas se daban cuenta.

Que sabían que estaban siendo contadas.

El titilar no era luz:

era una respuesta.

Una especie de risa breve.

Había una, sobre todo, que le hacía trampas.

Cuando lograba ubicarla —cuando por fin estaba seguro de haberla contado— aparecía en otro lugar.

No lejos.

Pero lo suficiente como para arruinarle todo.

La cuarta se volvía la primera.

La primera desaparecía.

La segunda parecía dos.

Y él se daba cuenta.

No siempre, pero a veces sí.

Y cuando se daba cuenta, en lugar de enojarse, se divertía.


Como si estuviera jugando con algo que no terminaba de entender, pero que tampoco hacía falta entender.

Ahí arriba no había resultado.

No había final.

No había eso que abajo llamaban “dar bien”.

Abajo —en su otro mundo— las cuentas cerraban.

Siempre.

Más tarde o más temprano, pero cerraban.

Y cuando cerraban, se terminaban.

Eso era lo que no le gustaba.

Porque lo que se terminaba, ya no podía seguir.

En la terraza, en cambio, nada cerraba.

Y eso lo dejaba seguir.

Una noche —no sabe bien cuándo— empezó a notar algo raro.

Al principio fue una duda.

Después, una certeza suave.

No estaba solo.

En otras terrazas —no muy lejos— pasaban cosas.

Cosas que no correspondían a la noche.

Había gente tomando sol.

Reposeras abiertas, caras hacia arriba, lentes oscuros.

Como si el sol estuviera ahí, pero invisible.

En otra terraza, alguien leía.

Sin luz.

Pasaba las páginas con una tranquilidad perfecta, como si ver fuera un detalle menor.

Más lejos, una sombrilla abierta.

Debajo, dos sillas, una mesa, y una conversación que no hacía ruido.

Y también —eso le llamó mucho la atención— gente meditando.

Algunos estaban en posiciones claras, reconocibles.

Piernas cruzadas, espalda recta, manos apoyadas.

Otros hacían movimientos lentos, precisos, como si el cuerpo supiera algo que no necesitaba explicar.

Había quienes sostenían posturas difíciles, inclinaciones, equilibrios que no parecían posibles en ese horario.

Y otros, en cambio, estaban completamente quietos.

Tan quietos que no se sabía si estaban ahí o si se habían ido a otro lugar.

Él pensó que eso también era una forma de contar.

Pero sin números.

Más allá, alguien practicaba movimientos que se repetían, como una coreografía sin música.

Y en otra terraza, alguien simplemente estaba de pie, mirando al frente, sin hacer nada.

O haciendo algo que no se veía.

Nada de eso le resultó extraño.

O sí, pero no en el sentido de tener que entenderlo.

Era como las estrellas.

No hacía falta que encajaran.

Al contrario.

Cuanto menos encajaban, mejor.

Siguió contando.

Perdiéndose.

Volviendo.

Dejando que las estrellas se movieran un poco —lo justo— para obligarlo a empezar otra vez.

Y mientras contaba, miraba de reojo esas otras terrazas.

Como si todas formaran parte de lo mismo.

Como si cada una tuviera su propia manera de no hacer lo que debía hacerse.

De no coincidir.

A veces pensaba que, si él dejaba de contar, todo eso se iba a detener.

Que la gente dejaría de tomar sol en la noche,

que el lector cerraría el libro,

que los cuerpos saldrían de esas posiciones imposibles,

que la sombrilla se plegaría.

Entonces no dejaba.

Seguía.

Aunque no supiera en qué número iba.

Aunque ya no hubiera números.

Porque ahí arriba no se trataba de contar.

Se trataba de sostener eso.

Ese pequeño desorden compartido.

Ese acuerdo sin palabras

entre las estrellas que se corrían,

las terrazas que no obedecían,

y él,que seguía intentando

una cuenta que no debía terminar nunca.


Guillermo José Luis Bogani 

Edición Luis I.A.

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