Leonardo Castellani, siguiendo la huella de un cura cuerdo (2)

 

Su formación primera

 

Leonardo Castellani Conte Pomi nació en la Ciudad de Reconquista, provincia de Santa Fe -Argentina-, el 16 de noviembre de 1899, en el seno de una familia de inmigrantes italianos. Su niñez estuvo marcada por un hecho trágico: cuando tenía siete años su padre, Luis, maestro y periodista, murió asesinado por motivos políticos. En múltiples ocasiones a lo largo de su obra narrativa nos recuerda este asesinato que marcará para siempre su profundo odio hacia la injusticia. En la revista Jauja publicó como folletín un “guion cinematográfico” llamado “El cabo Leiva” que tiene como trasfondo esta historia. Algún día debería publicarse como libro.

 

Sus primeras letras las aprendió en escuelas casi rurales, pero fueron sólidas en lo fundamental: aprendió a leer y a escribir rápidamente.

A raíz de una salud endeble –que lo obligaba a largas convalecencias- y una gran sensibilidad, Castellani se convirtió desde niño en un lector apasionado de todo lo que cayera en sus manos. Lo dirá así en unos versos de 1948:

 

“Mi juventud ¿fue juventud la mía?

Sumergida en infolios inmortales

Desde Bocaccio a Francisco de Sales

Maldormida y ayuna de alegría...”

 

¿Fue tan “ayuna de alegrías”?  Ciertamente fue difícil.

A los trece años entró como pupilo en el Colegio de la Inmaculada de la Provincia de Santa Fe. El Padre Furlong, insigne historiador argentino, nos ha dejado una detallada historia de lo que significó este Colegio jesuita para la cultura argentina; es impresionante la cantidad de figuras que salieron de sus claustros. El por qué también lo reflexiona Castellani en un libro dedicado a la memoria de un condiscípulo: Horacio Caillet-Bois, poeta especialmente notable de su generación. Podríamos simplificar el relativo secreto de ese éxito en que todavía se vivía fuerte y vivamente, la antigua pedagogía de los jesuitas que los marcaba a fuego haciéndoseles “instinto” el orden y la justicia.

Un gran maestro, el Padre Juan Marzal, reunía a los alumnos más interesados en las letras en una asociación de alumnos, llamada la Academia. Allí los formaba y estimulaba con afecto y trabajo. Castellani sucedió al futuro insigne poeta santafesino Caillet-Bois en la Presidencia de la Academia, y desde allí publicó sus primeros intentos poéticos. Amor por la poesía y amor por los clásicos son dos hábitos que se forjaban allí con seriedad. Le quedará siempre agradecido. Nosotros también.

 

Al año siguiente de recibirse de bachiller ingresó en el Noviciado de la Compañía de Jesús en la ciudad de Córdoba. La oposición de su madre le causó “una gran tribulación” que le costaría superar. De allí, largos y difíciles años de estudios y discernimiento.

 

De aquellos años de juventud tenemos un simpático retrato de parte de un hermano de religión que con el tiempo también alcanzará notoriedad: el Padre Hernán Benítez. Aclaramos que aquí lo llaman “Padre” cuando todavía era un joven novicio, salvo ese detalle menor, en este relato está “todo” el espíritu de nuestro autor:

 

“En un día de invierno de 1921, perdido para él en esos seis años de acopio, conocí al Padre Castellani. Era él un joven de veintiún años. Yo andaba por mis trece y era seminarista, es decir, masticaba latines y hacía tiempo hasta cumplir los quince que me permitieran ingresar al noviciado.

En un día de octubre ‑me parece ver todavía los álamos con sus hojas nuevas de intenso verdor impregnadas de sol matinal- llegamos a las sierras cordobe­sas, a aquel acogedor rincón lleno de los rumores del San Roque donde está la quinta del Niño Dios, entre Carlos Paz y Villa del Lago. ¡Un día de campo en las sierras, un día sin lío! (¡sin el lío griego, ¡eh!, muy más diabólico que los líos vernáculos!) y para más lindo, decían los seminaristas mis condiscípulos, ¡un día de campo con el Padre Castellani!

En efecto, también esa vez, como creo lo hacía siempre, había de presidir nuestro asueto. Y bien: todo fue llegar a las sierras y apagarse de súbito ante nuestros ojos golosos la belleza del lago y la montaña. Una llovizna tenaz se pulverizaba en grumos, y la niebla espesa se engolfaba en el valle no dejándonos ver los senderos bajo los pies. No tuvimos más remedio que ampararnos en un porche los veinte o treinta chicuelos temblar de frío bajo los delantalillos grises y a jugar a quién arrojaba más lejos el aliento congelado ¡Qué broma no poder trepar por las sierras y arrancarles la cola a las lagartijas!

Recurrimos a él de inmediato. Admitirle en nuestro campo nos daba derechos a un relato policial, con el que por lo común aventaba las tristezas del fin de vacación, a la hora del regreso. Aquella vez tenía todo el día. Lo recuerdo al vivo. Podría detallar el cuadro en todos sus matices. "Yo no les cuento cuentos, solía decir al empezar, les cuento libros, los libros que leí en Santa Fe y en la librería de casa en Reconquista. ¡A ver... qué libro les contaré ahora! Porque cuentos se cuentan a los nenes. A ustedes..."

Aquella vez contó Ben-Hur. De las novelas solía sacar tres o cuatro personajes y relataba dos episodios turbulentos, a los que de su cosecha iba añadiendo infinitas peripecias fraguadas allí nomás sobre nuestras preguntas. Relató, el día entero, la carrera de Ben‑Hur. Al anochecer estábamos con los nervios como si aquella carrera la hubiéramos corrido nosotros mismos. Allí se inventó el cine continuado Y en sueños nos parecía ver todavía el pataleo de la blanca cuadriga de troncos arábigos redoblando sobre las arenas del circo.

Años más tarde leí la novela de Lewis Wallace y vi la película. ¡Qué soberana desilusión ambas cosas! No eran ni con mucho el Ben‑Hur, aquel inolvidable Ben-Hur de un día de niebla en las sierras.”

 

Enamorado de la lectura desde su muy temprana edad, como habíamos señalado, tendrá siempre esa virtud de gozar con los libros y captar lo más valioso, para después transmitirlo a los demás de la mejor manera posible. Si señalamos anteriormente que sus obras despiertan nuestra alegría, aquí notamos la causa:  sabía transmitir lo que él mismo gozaba. El que entusiasmaba entonces con Ben-Hur, anunciaba a quien más adelante lo haría con los grandes filósofos, poetas o pensadores en general.

 

Siendo un escritor del que abundan los datos autobiográficos, no es tanto lo que sabemos de esos primeros años como religioso en la Compañía; sí podemos decir dos cosas que tendrán gravitación en su pensamiento: primero, que aquel temprano conocimiento del dolor, se ahondará; segundo, que su experiencia vital se confrontó con los grandes de la historia a través de su formación clásica, siguiendo las líneas de la antigua formación jesuítica, llamada:  ratio studiorum. Su norte filosófico será marcado a fuego por el amparo de Santo Tomás de Aquino, su escuela literaria, por esos clásicos grecorromanos, pero su horizonte, será siempre de 360 grados. No se puede pedir más.

¿Hubo más maestros? Sí, por supuesto: todos aquellos buenos con los que se cruzaba. Y eran muchos. ¿También de los otros? Sí, también.

 Franco Ricoveri

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