La mirada de Roberto Bosca

 

Make Argentina Great Again Del “Destino Manifiesto” al neomacartismo posmoderno

Roberto Bosca*

 

La invasión de Venezuela  y la guerra de Irán se inscriben en una reingeniería de la nación norteamericana como sujeto de una religión política  de salvación universal de la humanidad

 

 

Carlos Saavedra Lamas,  primer Premio Nobel latinoamericano

El año 2026 vino recargado de noticias espeluznantes. El secuestro del líder populista Nicolás Maduro y el proceso abierto a partir de esa instancia y continuado en la guerra  contra Irán ha recalentado el mundo global  ya conmovido por la guerra  de Ucrania. Este variopinto tablero mueve a reflexionar sobre una antigua historia a la que la estrategia militar del presidente Trump sitúa en el centro de la agenda, y donde se  ubica en un lugar relevante la necesidad de elaborar un nuevo lanzamiento del proyecto imperial frente a un futuro donde China se presenta como el principal protagonista de un liderazgo mundial.

En este proceso se conjuntan dos enemigos que aunque son diferentes configuran una misma amenaza contra los intereses norteamericanos en su interpretación más conservadora: el socialismo y el islamismo radical. En el presente análisis nos vamos a reducir al primero, que constituye una reedición del macartismo de la guerra fría.

Esta historia  constituye un capítulo peculiar del enfrentamiento capitalismo versus comunismo que es parte de una realidad  más amplia y muy compleja donde se entrelazan  elementos políticos, religiosos,  económicos, éticos y geoestratégicos, pero también otros entre las cuales la ambición de poder es uno de las principales. Se trata de una nueva fase de un largo itinerario.

De una parte, el operativo  del secuestro de Maduro, sus secuelas y  sobre todo la guerra contra el régimen iraní muestra la constante de los Estados Unidos como una religión política de salvación que encarna los intereses nacionales del camino americano de vida como su eje fundamental. La verdad de esa religión se revela en el siglo diecinueve en la doctrina del “Destino Manifiesto” y se continúa en la política internacional del país durante toda la centuria siguiente como una potencia imperial de redención.

Al mismo tiempo, la irrupción de la noticia ha traído a la actualidad  el pensamiento de Roque Sáenz Peña formulado por oposición a la Doctrina Monroe (expresiva de la religión americana) en la consigna “América para la humanidad”,  y  también la figura señera de otro gran argentino que es el paradigma de la tradición diplomática nacional: Carlos Saavedra Lamas.

En otra perspectiva,  el advenimiento de las derechas radicales ha traído como una novedad del siglo veintiuno una resurrección del antiguo anticomunismo,  o mejor dicho  de su continuidad en el tiempo como el prototipo de la oposición a un mal fantasmagórico, en una suerte de reviviscencia de épocas pretéritas, como en su momento lo fueron el macartismo durante la Guerra Fría o la ideología de la seguridad nacional en los años de la Guerra Sucia.

Alegoría del mesianismo americano del Destino Manifiesto

En la segunda posguerra de los años cincuenta  irrumpió en los Estados Unidos del brazo de Joseph  MacCarthy una mentalidad de fanatismo político que persiguió obsesivamente cualquier expresión de la ideología  comunista, luego extendida a diversos países con su  inevitable carga de irracionalidad intemperante que fue una fuente de múltiples injusticias.

  Con la “Operación Resolución Absoluta”, el anticomunismo (que tiene sus raíces en el temor ante el peligro rojo de comienzos del siglo pasado) ha resucitado  nuevamente como un recurso político, pero ahora  mimetizado o disfrazado de la lucha contra el narcotráfico por la evidente razón de que hoy no puede ser presentado ante la opinión pública mundial de manera principal como una verdadera y real amenaza.

Una fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Este inquietante anuncio que muchos recuerdan como la afilada hoja de una guillotina  presta a caer sobre la cabeza del llamado “Mundo Libre”, fue pronunciada  por el mismo Carlos Marx en 1848 en su famoso Manifiesto Comunista. Se trataba de una creencia, abonada por los hechos,  similar a la de una verdad de fe  en que el futuro se encaminaba irremediablemente hacia el socialismo.

Pero ciento cuarenta años después, la caída del Muro de Berlín, en la noche del jueves 9 de noviembre de 1989, señaló el fin de la Guerra Fría y anticipó el derrumbe del socialismo real. Sin embargo, el imaginario sobrevive a la decadencia de la ideología que lo sustenta.

En sintonía con los conservadores norteamericanos, Javier Milei llegó  a caracterizar al papa Francisco como una representación demoníaca o directamente como un comunista, como si la doctrina social de la Iglesia constituyera un instrumento del marxismo o el socialismo mismo.

El nuevo fantasma  de un viejo socialismo

El comunismo declinó, pero no así su fantasma como un recurso descalificante para otorgar una legitimidad moral a su combate e incluso a cualquier aberración. Secuestros y asesinatos así lo acreditan suficientemente. Menguado el peligro rojo, en nuestros días el anticomunismo se centra en el redivivo peligro amarillo como una nueva amenaza del futuro: la República Popular China.

 Mas aún, el mito del fantasma hoy se ha ampliado y al marxismo tradicional actualmente decadente en los países occidentales se le suman los populismos socialistas que identifican a un comunismo aguado, como cuando algunos comerciantes inescrupulosos agregaban generosas porciones de agua a la leche para agrandar la magnitud de las ventas y asegurarse el éxito del negocio.

Aunque el comunismo como tal nunca tuvo una posibilidad real de llegar al poder en la Argentina, de diversas formas siguió constituyendo un objetivo y lo es actualmente  bajo la instrumentación de la batalla cultural, donde aparece fusionado en una amalgama con la cultura woke y otros elementos de diverso porte.

Desde luego que el rechazo  al comunismo y a otras ideologías totalitarias como el nacionalsocialismo no puede sino ser considerado una actitud legítima en cualquier espíritu democrático y respetuoso de los derechos de la persona. La pregunta es si esa sensibilidad justifica o  puede fundamentar el atropello de los principios sobre los que una convivencia democrática precisamente se asienta sin incurrir en una flagrante contradicción, con sus necesarias negativas consecuencias.

 Hay que admitir que el fantasma del comunismo representa para muchos un recurso que  no ha perdido sus viejas mañas de encubrir una pura  y oscura pretensión de poder. La historia de las relaciones de los Estados Unidos  con América Latina es un ejemplo de intervenciones reiteradas de las cuales el caso de Venezuela  o el iraní no son  ciertamente los únicos sino el último episodio. Antiguos temores que miran al Tío Sam vuelven a aflorar en el imaginario popular. Todo se sabía pero ahora la maldad exhibe sin eufemismos sus fauces más temibles.

Posiblemente  haya llegado el anuncio de que en el  futuro no habrá lugar para una posición neutral. No hay que ser progresista o izquierdista para advertir que bajo la invocación de un justificativo de salvación puede esconderse la perversión de un monstruo depredador. Diversos países comienzan a preguntarse ¿seré tal vez la próxima víctima?  ¿Se puede vender como en el episodio bíblico de Jacob y Esaú  la primogenitura por un plato de lentejas?

De otra parte, es un hecho que Argentina está claramente alineada con el imperio americano del presidente Trump de un modo que parece no tener antecedentes en la historia nacional, ni durante las llamadas relaciones carnales, tampoco durante las dictaduras más ultraderechistas, ni siquiera cuando hubo quienes consideraban que el país formaba parte del imperio británico.

Junto a quienes justifican la intervención armada, otro segmento de la opinión pública que no es necesariamente simpatizante del régimen venezolano considera que el secuestro del presidente Maduro  exhibe   una reedición actualizada del Big Stick de Theodore (Teddy) Roosevelt, pero ahora despojado de las buenas maneras.

Es un hecho que esta jugada de Trump divide definitivamente las aguas de los que están a su favor o en su contra. Pero todos se han notificado de lo mismo: ahora la expansión imperial se muestra sin miramientos, sin buenas maneras y también sin límites.

Theodore Roosevelt esgrime el garrote sobre el patio trasero latinoamericano

De otra parte, hay que reconocer que el imperialismo norteamericano (o al menos una buena tajada de su dirigencia) no es tampoco una creación del imaginario de la izquierda sino una hegemonía que el gran país del norte ha venido ejerciendo a lo largo del siglo veinte con los distintos pueblos de la región y que  en nuestros días se muestra sin remilgos. Ahora ha comenzado un proceso en el que esa hegemonía va aumentar su volumen de una manera que quizás nunca habíamos visto.

Parece también evidente que esta estrategia tan agresiva  de Trump y su lema nacionalista  “Make America Great Again“ estaría vinculada al deseo de un relanzamiento de los Estados Unidos como potencia mundial en un momento en que su  liderazgo amenaza  estar opacándose frente al nuevo surgimiento de China como sucesor imperial cara al futuro. Se cierra así cualquier posibilidad de un camino alternativo.

Canciller Bramuglia: la Tercera Posición justicialista

 Por su lado, los gobiernos peronistas han planteado una distancia con los  Estados Unidos invocando la doctrina justicialista de la Tercera Posición, en paralelo con Charles de Gaulle y hasta cierto punto con otros países del Tercer Mundo en el movimiento de los No Alineados. Se trata de una política internacional que en nuestra diplomacia tiene una continuidad  en el  enfrentamiento con el apotegma  “América para los (norte) americanos” que una vez más vuelve a instalarse en el escenario global, ahora nuevamente de manera desembozada.

Una pregunta que hoy muchos se formulan es: ¿hay lugar para una posición independiente en el panorama mundial? Porque sus enemigos y sus amigos coinciden en algo: Trump es hoy por hoy el patrón de la vereda, y lo va a seguir siendo por un tiempo.

Los problemas de los países ya no los arreglan ellos  mismos sino el Brig Brother.  Las suyas son actitudes que dividen aguas. Como Teddy, el nuevo sheriff  ya no agita el garrote pero desenvaina su colt para notificar al mundo que se acabó la tolerancia y que  ha llegado la hora de imponer la (su) ley y el (su) orden.

Theodore (Teddy) Roosevelt: la política del garrote  sonriente

Con la conformación del bloque comunista las potencias occidentales se armaron para la guerra. Pero el socialismo real se vino abajo  como un castillo de naipes (una metáfora utilizada por la serie House of Cards) cuando el 26 de diciembre de 1991 el Sóviet Supremo reconoció la extinción de la Unión Soviética. Un prolongado suspiro de alivio recorrió entonces el mundo. La Guerra Fría significó un ciclo de terror que pareció eternizarse en el tiempo, pero que por fin con la caída del muro berlinés debía considerarse  oficialmente finalizado.

 Hoy es admitido por los más diversos historiadores que no ha sido ajena a esa implosión la vibrante prédica del papa polaco Juan Pablo II sobre los derechos humanos, que  impactó directamente en el corazón de un sistema con sus arterias quebradizas y angostadas y que como tal había perdido su frescura original.

El colapso del imperio soviético sorprendió,  sobre todo porque el poder se desmoronó sin disparar un solo tiro. La explicación es que estaba todo carcomido por dentro, como cuando los médicos después de su apertura en una operación vuelven a cerrar un cuerpo destruido por la gran metástasis de un destructor carcinoma.

En el clima de un marxismo intelectualmente desprestigiado  como sistema de ideas, la implosión extendió el certificado de defunción de ese temido fantasma que tuvo en vilo a  buena parte de la sociedad occidental desde el triunfo de la Revolución  de 1917, y a lo largo del siglo corto, así llamado por el historiador inglés  Eric Hobsbawm, también él un consecuente marxista, que  murió recomendando a sus nietos la lectura del Manifiesto.

El Che: de consigna revolucionaria a ícono pop

Durante todo ese periodo se adueñó del imaginario popular la visión tenebrosa del comunismo que significaba no ya el despojo de los bienes propios, sino el martirio de una prisión y trabajos forzados en una helada Siberia para cualquier opositor. Este terror alimentado por la propaganda norteamericana durante décadas encendió las calderas del fervor anticomunista en toda la cultura occidental. Trump recoge ahora sus frutos.

La hegemonía de un futuro mundo socialista como una amenaza global  en creciente expansión se profundizó en los sesenta, cuando Latinoamérica ardió por los cuatro costados al compás del airado grito de rebelión encarnado en la figura mítica del Che Guevara, .hoy convertido en un icono pop. El fracaso de las guerrillas  convenció a los dirigentes comunistas de la necesidad de buscar  otros caminos de conquista del poder político, por ejemplo desde la cultura según los planteos gramscianos. Sin embargo, la violencia no abandonó a la derecha.

Un paso decisivo pareció darse en la primera mitad de los setenta cuando los comunistas llegaron al poder en Chile, por primera vez en brazos de elecciones democráticas y libres. El golpe de militares derechistas encabezado por Augusto Pinochet y aupado por los Estados Unidos acabó de un plumazo con el problema. Otra vez la violencia en manos de la derecha. La pregunta es ¿pueden vulnerarse las reglas de la democracia y el derecho internacional para desalojar una ideología?

Los crímenes de la libertad

Los partidos comunistas más identificados con la ortodoxia cosechan en la actualidad  en  casi todos los países una magra cantidad de votos  e incluso en regímenes políticos de tono más socializante el comunismo no suele representar más que un perfume deshilvanado y  desteñido.

De otra parte, el autoritarismo no es ni ha sido nunca un patrimonio exclusivo de la izquierda, sino en cierto modo todo lo contrario. La derecha logra una hegemonía política en los más diversos países conformando una tendencia cada vez más consolidada  a la luz de los  resultados electorales, pero  tampoco puede concluirse que ella sea un ejemplo de la verdadera democracia. Sus recursos pragmáticos son los que priman sobre unos ideales a veces demasiado teóricos pero en definitiva la primacía de la ideología  es la que condiciona incluso los principios más republicanos y democráticos.

Madame Roland: Las víctimas del abuso de la libertad

Ciertamente los comunistas solo consiguieron mantenerse en pie en algunos casos aislados  como el de Cuba (que hoy da muestras de un evidente agotamiento),  Corea  o Vietnam, y fundamentalmente  en China.  Sin embargo en este último bastión la supervivencia lo ha sido a costa de una verdadera metamorfosis estructural, que alumbró una suerte de socialismo de mercado.

El comunismo intentó infructuosamente diversos caminos durante el siglo pasado con el fin de acceder al poder político. Abandonó en el baúl de los recuerdos su inicial hostilidad a la religión y procuró aliarse con segmentos de ella, incluso  buscando articular una complicada amalgama con la Teología católica en algunas corrientes de la Teología de la liberación. El truco no dio resultado y esos intentos fueron prontamente abandonados.

De ese modo el socialismo marxista pudo continuar sobreviviendo en las últimas décadas en la mayoría de los países en algunos movimientos sociales y políticos de corte populista, pero de un modo tan aguado que se agotó en una vacía inoperancia. Actualmente quedaría reducido a una crítica  del capitalismo inserta en la trama social   y un ideal utópico, más como una mentalidad que como un programa alternativo.

El italiano Antonio Gramsci  y la escuela de Frankfurt introdujeron cada uno a su modo un elemento importante en el original  núcleo ideológico del marxismo-leninismo, sosteniendo que la hegemonía construida por las clases dominantes debía ser desarticulada en la cultura como un requisito de la revolución comunista.

Apropiada la cultura, venía a decirse, el poder político caerá del árbol como una manzana madura, en un automático ejercicio de la ley de la gravedad  según había observado Newton. De ahí que las nuevas derechas, conscientes de estas advenientes realidades, planteen la guerra cultural como un eje imprescindible para una derrota definitiva del socialismo. Pero no por ello renuncian al uso de la fuerza.

Los comunistas se refugiaron en algunos reductos intelectuales de las ciencias sociales como  una concepción materialista que interpreta la historia a través del conflicto o  la lucha de clases y de la crítica a la sociedad capitalista, pero sin formular ninguna propuesta superadora más allá de abstractos ideales de una sociedad mejor, que pocas veces seducen en las ofertas electorales.

Arribamos así a la era libertaria. Con ella se produjo la desaparición de la actitud vergonzante en la derecha, ya que casi nadie hasta hace unos años confesaba ser de tal  filiación y se lo vivía con culpa.  La llegada al poder por las vías electorales y no mediante golpes de Estado también es una relativa novedad, pero no por ello la derecha ha abandonado sus concepciones autoritarias y antiigualitarias, aunque ahora proclame con vehemencia el fuego sagrado de la libertad.

 La libertad es un concepto hoy valorado pero no siempre del mismo modo para reivindicar su presencia en la vida social. La libertad es sin duda un bien pero no está exenta de constituirse en un instrumento del mal. La política del garrote invocando su causa recuerda la famosa frase pronunciada por Madame Roland durante la Revolución francesa:”¡Oh, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”.

El corrimiento que se ha evidenciado en la política mundial en los últimos años a la derecha encierra entonces inquietantes interrogantes. No se trata de un simple giro a la derecha sino a la extrema derecha o ultraderecha, tan enemiga del comunismo como de la democracia liberal, aunque la invoque. Un paso en falso que muchos dieron en los años treinta fue adherir al fascismo y al nacionalsocialismo, a los que veían como una barrera contra el comunismo. Trágico error que otros tantos están por cometer en nuestros días.

Los extremismos, del signo que hayan sido, siempre han conducido a un mal fin. Las corrientes radicales han sido en toda la historia una matriz del mal y han terminado demasiadas veces en verdaderos baños de sangre. Nuevamente se dibujan en el escenario los perfiles de nuevos autoritarismos posmodernos y estamos en vísperas de acontecimientos semejantes, pero la historia no es un conjunto de determinismos sino que está constituida por decisiones libres de los hombres.

Por eso, mientras tanto, habrá que considerar absolutamente legítimo el deseo de hacer grande  de nuevo a la noble nación  norteamericana, también a Venezuela, también a la Argentina, pero no a costa de la supresión del otro sino en el camino de Saavedra Lamas,  y sin invocar altos y venerables valores que puedan encubrir crímenes vergonzantes.  Es una oportunidad de hacer grande a toda América  sobre todo en la confraternidad que nos brinda un continente común que ha sido siempre una casa para toda la humanidad.

 

 

*Director académico del Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (Cudes) y profesor emérito de la Universidad Austral

 

 

 

 

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