LA MAMÁ DE TOMÁS
La juventud tiene una manera bastante directa de anunciarse.
Se la ve caminar por la calle con shorts de jean prolijamente deshilachados y remeras mínimas, con esa despreocupación física que sólo es posible cuando el tiempo todavía no ha empezado a discutir con el cuerpo.
Los chicos, por su parte, exhiben otra señal de la misma edad: la figura esculpida en el gimnasio, la musculatura que delata horas de disciplina frente al espejo.
La juventud, en ese sentido, no sólo es una edad:
es también una puesta en escena del cuerpo.
Durante mucho tiempo uno acepta —casi sin pensarlo— que la belleza pertenece naturalmente a esa etapa. La juventud parece producirla con una facilidad casi injusta.
Pero de vez en cuando ocurre algo que desordena esa idea.
Eso me pasó hace poco con la mamá de Tomás.
Tomás tendrá alrededor de treinta años. De modo que su madre debe estar, calculo, entre los cincuenta y los sesenta.
Nada extraordinario en eso.
Lo extraordinario ocurrió cuando la vi.
Hay rostros que parecen haber encontrado una forma definitiva, como si alguien hubiera detenido la imagen exactamente en el punto donde todo encaja: la mirada, la sonrisa, la línea de la boca, la tranquilidad con la que alguien habita su propia cara.
Eso ocurría con la suya.
Pensé algo muy simple mientras la miraba:
ese rostro no se puede mejorar.
No era la belleza de una joven.
Era algo muy distinto a eso.
Era la belleza de una mujer.
Una belleza que ya no necesita exhibirse ni defenderse.
Recuerdo incluso un detalle mínimo: llevaba unos pequeños aros de perla.
Nada ostentoso. Nada especial.
Pero esos aros terminaban de ordenar la escena, como ocurre en ciertas pinturas de los maestros flamencos, donde un detalle insignificante termina de construir todo el cuadro.
En ese momento advertí algo curioso:
no tenía la menor idea de cómo era su cuerpo.
No lo miré.
El rostro, los ojos y la sonrisa eran suficientes.
La belleza, cuando aparece así, produce un efecto curioso.
Nos deja en silencio.
Y nos deja también con una especie de inercia de admiración, como si la escena hubiera ocurrido hace unos minutos aunque ya hayan pasado muchas horas.
Sospecho que la recordaré por mucho tiempo.
Porque hay encuentros que funcionan como una pequeña sacudida en nuestras ideas más cómodas.
Uno cree que la belleza pertenece a la juventud.
Y de pronto aparece alguien —la mamá de Tomás, por ejemplo— que introduce una corrección bastante elegante a esa teoría.
Existe otra forma de belleza.
Más rara.
Más silenciosa.
Tal vez más poderosa.
La belleza que ya no necesita la juventud.
No es una promesa.
No es una belleza que aún se busca a sí misma.
Es algo mucho más extraño:
la belleza cuando ya ha terminado de aprender a serlo.
Y, simplemente, es.
Guillermo J. L. Bogani
Edición: Luis I.A.
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