La columna de Bogani

 


LA INMINENCIA O EL PRÓLOGO DE LA DICHA 


Hay una forma de la felicidad que no ocurre cuando algo sucede,

sino antes.

No cuando vemos a alguien,

sino cuando sabemos que lo vamos a ver.

Es una felicidad extraña, porque todavía no tiene objeto.

No está hecha de lo que pasa,

sino de lo que va a pasar.

Y sin embargo —o tal vez por eso—

es más pura.

Uno no está distraído por los detalles,

ni por las palabras,

ni por los pequeños desvíos de la realidad.

Todo está todavía intacto.

La persona no llegó,

pero ya está.

No está en el espacio,

pero está en la certeza.

Es una mezcla difícil de nombrar:

no es exactamente saber,

pero tampoco es suponer.

Es algo más cercano a una confianza sin prueba,

una especie de conocimiento sin experiencia inmediata.


Uno sabe que va a ser lindo.

No porque lo imagine,

sino porque lo reconoce antes de que ocurra.

Como si ya hubiera pasado en otro tiempo.

Por eso la espera, en esos casos, no es una carga.

No es algo que haya que atravesar.

Es, en sí misma, una forma de plenitud.

El zorro se lo dice al principito con una precisión perfecta:

si sabe que va a verlo a las cuatro,

empieza a ser feliz desde las tres.

No porque falte menos,

sino porque ya empezó.


La felicidad no llega con el encuentro.

Empieza antes,

en ese intervalo leve donde el tiempo deja de ser tiempo

y se convierte en promesa.

Hay algo muy delicado en ese momento.

Porque todavía nada puede fallar.

Nada ocurrió.

Nada fue dicho.

Nada puede torcerse.

Todo está sostenido por una forma de fe

que no necesita justificarse.

Después vendrá lo real,

con su belleza y también con sus imperfecciones.

Pero antes de eso —en ese borde—

hay una dicha que no depende de nada.

Una dicha que ocurre en el aire,

en la distancia,

en la inminencia.

Y tal vez sea esa

la forma más perfecta de la felicidad:

la que no necesita cumplirse

para ser verdadera.


Guillermo Bogani 

Edición Luis I.A.

Comentarios