La columna de Bogani

 EL DINERO Y LA MEDIDA DE UNO MISMO 


Desde hace siglos, el dinero no ha sido solamente un instrumento de intercambio: ha funcionado como una forma visible de traducción del valor personal. No porque lo sea en esencia, sino porque las sociedades necesitan signos concretos para medir aquello que es abstracto. El dinero se volvió uno de esos signos.

Históricamente, esta asociación nace cuando el trabajo deja de ser únicamente una actividad de subsistencia y pasa a integrarse en un sistema social más amplio. En las sociedades tradicionales el reconocimiento provenía del linaje, del honor o del oficio. La modernidad reemplazó esas referencias por una medida aparentemente objetiva: la capacidad de producir riqueza.

Así, lentamente, ocurrió una sustitución silenciosa:

tener comenzó a parecerse peligrosamente a ser.

No es difícil entender por qué. El dinero otorga algo que el ser humano siempre ha buscado: margen de decisión. Permite elegir dónde vivir, qué comer, cómo cuidar el cuerpo, qué riesgos asumir, qué sueños intentar. En ese sentido, no es el dinero lo que seduce, sino la libertad que promete.

La relación con la autoestima aparece casi de inmediato. Quien puede sostener su vida material suele experimentar una sensación de eficacia: el mundo responde a sus movimientos. En cambio, la carencia prolongada erosiona algo más profundo que el confort; amenaza la percepción de dignidad porque limita la posibilidad de actuar.

No es solo pobreza económica lo que duele: es la reducción del campo de lo posible.

Sin embargo, aquí aparece una confusión decisiva de nuestra época.

El dinero es una condición de libertad,

pero no es su garantía.

Muchas vidas materialmente resueltas se perciben vacías, mientras otras, más austeras, conservan una fuerte coherencia interior. Esto revela que la realización personal no depende exclusivamente de los recursos, sino del modo en que una existencia logra sentirse necesaria para sí misma.

Occidente intensificó esta identificación entre riqueza y valor porque convirtió el éxito en una narrativa central. La vida comenzó a pensarse como una trayectoria ascendente, y el dinero pasó a ser la evidencia más rápida de ese ascenso.

Pero incluso las culturas que parecían ofrecer otra escala —algunas tradiciones orientales, por ejemplo— hoy participan del mismo juego. La globalización no solo integró mercados; también unificó aspiraciones.

Entonces surge la pregunta inevitable:

¿es posible desvincular dinero y autoestima?

Tal vez no completamente. Sería ingenuo negarlo. La autonomía material sigue siendo uno de los pilares de la libertad moderna.

Lo que sí puede hacerse —y acaso sea una de las tareas más urgentes— es desjerarquizar la equivalencia automática entre riqueza y valor humano.

El punto de equilibrio no consiste en despreciar el dinero ni en glorificarlo, sino en devolverlo a su lugar de herramienta.

Cuando el dinero organiza la vida sin definirla, se vuelve un aliado.

Cuando la define, se convierte en una forma elegante de servidumbre.

La dignidad, en última instancia, no proviene del ingreso sino de la posibilidad de reconocerse autor de la propia vida —incluso dentro de los límites que toda existencia impone.

Quizá la verdadera libertad no sea hacer todo lo que se desea, sino evitar que el precio de las cosas termine fijando el valor de quien las desea.


Guillermo JL Bogani 

Edición Luis I.A.

Comentarios