La columna de Bogani

 RARAS COSTUMBRES NUEVAS 


Si uno se guiara únicamente por la superficie —y la superficie hoy grita— habría que admitir que la Argentina ha desarrollado en los últimos años una notable vocación por el uniforme. No el uniforme solemne de otras épocas, sino uno más liviano, más elástico, más cómodo para la ilusión de movimiento.


Basta caminar veinte metros por cualquier barrio para verificarlo: shorts estratégicamente breves, ojotas que exhiben sin pudor una democracia podológica bastante discutible, y una proliferación de perritos de compañía que ya no acompañan al sujeto sino que, en muchos casos, parecen haberlo reemplazado. Hay paseadores de perros que conducen jaurías con la concentración de un director de orquesta, mientras los antiguos cochecitos de bebé se retiran en silencio, como si hubieran perdido la licitación afectiva.


No se trata, desde luego, de un fenómeno exclusivamente local. La Argentina —siempre atenta a la importación de modas, incluso cuando no puede importar dólares— ha sabido alinearse con entusiasmo a la liturgia global del bienestar performático. De ahí el auge del running como vestimenta más que como práctica. El corredor contemporáneo puede no correr nunca, pero posee —y exhibe— el equipo completo: calza técnica, zapatilla de alto rendimiento y, sobre todo, el termo metálico de precisión quirúrgica, diseñado para hidratar travesías que en la práctica rara vez superan la distancia entre el auto y el café de especialidad.


Porque si hay una institución verdaderamente expansiva en el paisaje urbano reciente es la cafetería de autor. Donde antes había una ferretería, ahora hay un flat white. Donde había un almacén, ahora hay granos de Etiopía con notas cítricas y un barista que pesa el agua con la gravedad de un químico nuclear. La explicación económica es sencilla: cuando el consumo grande se retrae, prospera el consumo breve, casi ritual. El café se vuelve la unidad mínima de sociabilidad posible. Una patria portátil servida en jarrita de loza.


Mientras tanto, la calle se puebla de otra figura característica de época: el ciclista de aplicación, ese jinete nocturno que pedalea con la urgencia de quien sabe que el algoritmo no tiene piedad. La ciudad, vista desde cierta distancia, ya no parece organizada por avenidas sino por trayectorias de delivery. El antiguo mensajero en moto fue reemplazado por esta coreografía silenciosa de mochilas cúbicas que cruzan la noche como luciérnagas precarizadas.


En el plano del lenguaje corporal también hay novedades dignas de archivo. La gesticulación ha adoptado una gramática tomada del trap y del rap, aun en sujetos cuya relación con la música urbana es, siendo generosos, meramente decorativa. Las manos dibujan signos en el aire con una convicción que no siempre encuentra correlato en lo que se dice. Tal vez sea una metáfora involuntaria de la época: mucho ritmo, poca melodía. Y, para algunos oídos formados en otras cadencias, una nostalgia difícil de disimular.


Tampoco el vestir formal ha salido indemne. El nuevo ejecutivo metropolitano ha resuelto el viejo conflicto entre elegancia y comodidad mediante una síntesis que bordea zonas inciertas: traje de primera marca, remera blanca minimalista y zapatillas impolutas. El resultado oscila —según el caso y la pericia del portador— entre la sofisticación relajada y una forma bastante refinada de lo mersa globalizado.


Pero acaso el rasgo más inquietante de estas raras costumbres nuevas no esté en la ropa, ni en los termos, ni en los cafés con nombre propio, sino en una cierta irritabilidad de base que recorre la vida cotidiana. Un roce mínimo en el tránsito puede escalar con una velocidad que haría palidecer a cualquier teoría de la proporcionalidad. Como si la vida, comprimida por la economía y acelerada por la ansiedad ambiente, hubiera perdido parte de su amortiguación simbólica.

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