ALEXIS CARREL PENSADOR SUPRIMIDO por Hugo Esteva


 

         Más de medio siglo después de muerto, Alexis Carrel seguía dando quehacer a la “inteligencia” francesa que nunca lo toleró. Y que, en la segunda década del XIX, decidió borrar su memoria arrancando su nombre de todas las calles que lo recordaban a lo largo de su patria, y de la Universidad de Lyon, donde se había formado. Ninguna explicación verdadera: para ellos bastaba que hubiera sido lo que llaman “un fascista”.

 

            Carrel, que vivió entre 1873 y 1944, responsable de haber iniciado gran parte de los caminos de la cirugía del siglo XX, hubiera merecido homenaje tras homenaje de sus compatriotas, aunque sólo fuese por haber ganado el Premio Nobel de Medicina en 1912, uno de los pocos otorgados a cirujanos y uno de los todavía menos frecuentemente dados a un francés. Pero tuvo la desgracia de ser católico y de no ser “democrático”. Y aunque para llegar a la sabiduría política y, más aún, a la verdadera Fe tuvo que hacer el arduo camino intelectual y espiritual de contradecir a los vientos positivistas en que había sido educado, la corriente cultural socialdemócrata lo ha etiquetado lisamente y va en camino de borrarlo del mapa, “suprimiéndolo”.

            Nació en Sainte-Foy-les-Lyon, una comuna de Lyon, en 1874; pero Wikipedia -que hasta destaca allí el origen de un cantante- ni lo nombra entre sus hijos sobresalientes. La realidad es otra: a pesar de todas las dificultades que surgieron de quedar huérfano de padre a los cuatro años, Carrel llegó a los veinticinco como cirujano y ayudante del renombrado profesor Leo Testut, el autor del célebre tratado de Anatomía que educó a generaciones. Fue entonces cuando, por primera vez en la historia, llevó a cabo en 1899 una anastomosis arterial que dio lugar al nacimiento de la cirugía vascular en el mundo y, con ella, a los reimplantes de miembros, los trasplantes de órganos, gran parte de la cirugía torácica y cardíaca, y así siguiendo. Lo singular es que su iniciativa no surgió de una elucubración teórica sino de la concreta necesidad que lo conmovió cuando supo de la parálisis de los médicos que rodearon al presidente de Francia, Sadi Carnot, muerto poco antes desangrado por la lesión de la vena porta que le causó la puñalada de un anarquista. A la oportuna observación de ese vacío profesional, Carrel sumó la modestia que le permitió acercarse a la más importante bordadora de Lyon y aprender de su técnica para emplearla luego en la unión boca a boca de un vaso sanguíneo seccionado.

            No obstante, este hito inicialmente experimental y luego clínico, que le valió después el premio Nobel, no fue suficiente para conmover al positivismo de su tiempo: es que Carrel había cometido el laico pecado de dejar testimonio de una cura en Lourdes como no explicable por la ciencia. En efecto, inquieto siempre por la Fe en la que lo había  educado una madre piadosa, pero lleno de dudas nacidas del implacable cientificismo en medio del que había estudiado, su seria curiosidad lo llevó a aceptar un reemplazo como médico en el tren que transportaba enfermos a Lourdes. Allí pudo comprobar la instantánea recuperación de una joven tuberculosa a quien había reanimado moribunda durante el viaje, la noche anterior, al apenas tomar contacto con el agua surgente. Con la prudencia propia de su profesión pero obligado en conciencia a decir la verdad, Carrel dejó el suyo entre los testimonios que, sin declamarlo, mostraban la puerta abierta al milagro al señalar que no se había tratado de una curación explicable por la ciencia. Y sus colegas laicistas no se lo perdonaron, al punto de privarlo del título de “médico de los hospitales de Francia”, que hubiera sido el inicio de su carrera asistencial.

            Decepcionado, con las puertas cerradas en su patria, decidió probar suerte en América, en medio de importantes privaciones y con su madre enferma. Trabajó en Canadá y luego en Chicago, cuya Medicina de entonces le pareció deplorable. Hasta había pensado en venir a trabajar, alejado de la profesión, en una estancia argentina,,,

            Felizmente su publicación sobre suturas vasculares había sido leída en Estados Unidos y lo invitaron a Baltimore para hablar en un Congreso:  “Hablé durante una hora en un inglés espantoso delante de los más eminentes sabios norteamericanos. Me alegré de expresar mis ideas más bizarras con gran convicción”. Como resultado,  luego de un año difícil en que murió su madre sin que pudiera acompañarla, Simon Flexner -director del entonces recién fundado Rockefeller Center de Nueva York- lo invitó a visitar y luego a  trabajar allí, donde se desempeñó después por años como Jefe de Cirugía Experimental.

            La tranquilidad y el interés laboral que significó esto no aplacó su inquietud espiritual en un momento en que el desarrollo científico parecía arrasar con todo lo que lo rodeaba, particularmente la religión, como también sucedía en el ambiente universitario de nuestro país. Pero Carrel guardaba el alma educada en la infancia y su experiencia en Lourdes, y empezó a desarrollar así un pensamiento original que plasmó en “La incógnita del hombre” (“El hombre, ese desconocido”, tal la traducción literal de su título francés), que conmovió al mundo intelectual en 1934, proviniendo de un científico que había recibido el premio Nobel de Medicina en 1912.

            El libro, escrito en una prosa sencilla y, si se quiere, hasta un poco ingenua pero llena de fuerza, no sólo echa por tierra a la democracia que nos sigue asfixiando reforzada, sino que traza una noble salida en la que se destacan la intuición -a la manera del mundo antiguo- y el realismo contrastado con la educación verborrágica que sigue en pie todavía. Abreviando, la inteligencia liberal y masónica que combatió encontró la clave de llamar  falsamente “eugenesia” a esta observación temprana de Carrel y con ese pretexto, terminada la Segunda Guerra Mundial, lo despojó de su fecundo Instituto del Hombre que funcionaba en Paris desde 1941. Esa “inteligencia” de la Francia vergonzosamente “libre” es la que se dio el lujo de llamar “colaborador” a un hombre que se presentó en ambas guerras mundiales para luchar del lado de su patria, y fue capaz de escribir versos como estos:

      “Querría no ser francés para poder decir

         Que te elijo, Francia, y que en tu martirio

         Te proclamo, a tí a quien roe la vanidad,

         Mi patria y mi gloria, y mi único amor.”

Vale la pena sumar que no fue retórica su contribución a las Guerras Mundiales. En la Primera organizó y participó personalmente en la creación de unidades médicas móviles tipo ambulancia que actuaban apenas detrás de la primera línea de combate recuperando heridos que hubieran muerto por la demora de su tratamiento inicial, hecho que después se atribuyeron los norteamericanos ¡en Vietnam!. Y también por entonces, junto al bioquímico inglés Dakin, presentó el antiséptico que lleva sus nombres, que salvó miles de vidas durante la era pre-antibiótica, y se emplea todavía a pesar de que a los laboratorios comerciales no les atraiga porque se prepara muy barato en las farmacias de los hospitales según su eficaz y centenaria fórmula.

La vida de Carrel da para trabajos mucho más extensos y profundos que lo planteado aquí. Desde ahondar en lo médico, donde cabe recordar la invención de una máquina de circulación extracorpórea en colaboración con Charles Limberg -el valiente aviador norteamericano-, hasta el permanente cultivo de su vínculo con Lourdes y la Fe. 

Precisamente allí conoció, en 1910, a Anne Marie de la Motte, joven viuda que fuera luego su esposa y, al cabo de la Segunda Guerra, admirada y muy querida exilada en La Cumbrecita (Córdoba), donde murió. Esa piadosa mujer superior contribuyó a cimentar el pensamiento religioso profundo de Carrel.

Sólo recordemos, para terminar, que ya añoso no dudó en presentarse en Francia para luchar en la Segunda Guerra. Y si bien la edad no le permitió acercarse al frente tendió los suficientes puentes con el gobierno de Vichy y pudo fundar su “Instituto del Hombre”, que empezó a dar frutos pero no logró sobrevivir a su muerte cardíaca y espiritualmente dolorida en agosto de 1945.

Fiel a su Fe y al tono de su vida, a punto de recibir la Extremaunción, Alexis Carrel le decía a su confesor: “Es en la hora en que uno va a morir cuando se siente la nada de todas las cosas. He alcanzado la fama, en el mundo se habla de mí y de mis obras, y no soy más que una criatura ante Dios, una pobre criatura…”.

      

BIBLIOGRAFIA  SUGERIDA

Carrel A. La incógnita del hombre. Ed Joaquín Gil, Buenos Aires 1949

Carrel A. Méditations. Plon. Paris 1949

Carrel A. Le voyage de Lourdes. Plon, Biarritz 1973

Mme A Carrel. Alexis Carrel y los Milagros de Lourdes. Rev Iatria 1953

Soupault R. Alexis Carrel, su vida y su obra. Kraft, Buenos Aires 1953

Antier JJ. Carrel, cet inconnu. Éditions SOS. Paris 1974

Descotes J en Christen Y. Alexis Carrel, l’ouverture de l’homme. Ed du Félin. Paris 1986

Ouest-France. Tréguier. “La rue Alexis Carrel sera débaptisée”, dit le maire. Tréguier 9/XII/2012

Télégramme. Noms de rues. Irene Jolliot-Curie succede a Alexis Carrel. Tréguier 12/XII/2012

 

 

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