DESNUDOS
Desnudar no es desvestir.
Desvestir es quitar la ropa.
Desnudar es quitar la cobertura.
Cuando decimos “la verdad desnuda”, nadie imagina un cuerpo sin tela.
Cuando decimos “el poder quedó desnudo”, no vemos piel.
Vemos ilusión cayendo.
El verbo se desplazó del cuerpo a la estructura.
Ya no se trata de la tela que cae, sino del relato que se desarma.
Quedar desnudo es quedar sin dispositivo.
Sin máscara.
Sin encuadre.
No es la piel lo que inquieta.
Es la exposición.
En una época donde todo se muestra, el cuerpo ya no escandaliza.
Lo que incomoda es la fragilidad real.
La desnudez física puede estetizarse, fotografiarse, iluminarse.
La simbólica no.
Porque la simbólica no es exhibición.
Es pérdida.
Se pierde la narrativa que nos protegía.
Se pierde la versión editada de nosotros mismos.
Se pierde la ficción que sostenía la escena.
Y perder la ficción duele más que perder la ropa.
Por eso el cuento del rey no habla de vestuario.
Habla de consenso.
“El rey está desnudo”, dice el niño.
Y lo que cae no es la tela, sino el acuerdo colectivo.
Todos veían el traje porque todos necesitaban verlo.
El traje era una coartada compartida.
El niño no tenía nada que conservar, ningún prestigio que defender, ningún cargo que proteger.
Por eso podía ver.
La desnudez ahí no es corporal.
Es política.
Es el instante en que el artificio deja de funcionar.
Quizás por eso hoy la palabra desnudo se usa menos para el cuerpo y más para la verdad.
Porque el cuerpo dejó de ser tabú, pero la verdad sigue siéndolo.
Decimos “quedó desnudo” cuando alguien pierde el control del relato.
Cuando el discurso ya no cubre.
Cuando la imagen pública se fisura.
Y en una cultura saturada de filtros, perfiles, estrategias y pantallas,
quedar desnudo sería quedar sin mediación.
Sin algoritmo que ordene la mirada.
Sin edición que suavice.
Sin narrativa que acomode la contradicción.
Eso hoy es casi insoportable.
Vivimos hiper-vestidos simbólicamente.
Vestidos de opinión.
Vestidos de postura.
Vestidos de identidad cuidadosamente administrada.
Cada perfil es una vestimenta.
Cada publicación es una capa más.
El desnudo contemporáneo no es corporal.
Es algorítmico.
Quedar desnudo sería quedar fuera del montaje.
Sin posibilidad de corregir.
Sin posibilidad de borrar.
Sin posibilidad de reformular.
Ser visto sin edición.
Y eso es una forma de intemperie.
La intemperie no es no tener techo.
Es no tener relato.
El cuerpo desnudo puede cubrirse.
La verdad desnuda no siempre.
Desnudar ya no es quitar ropa.
Es quitar piel.
Es dejar a alguien —o a uno mismo— frente a lo que queda cuando la historia que nos contamos se desarma.
Y lo que queda, casi siempre, no es heroico.
Es vulnerable.
Quizás por eso evitamos la desnudez real.
No la del cuerpo, sino la del sentido.
Porque cuando cae el relato,
cuando cae el consenso,
cuando cae el traje invisible del poder o de la autoimagen,
lo que aparece no es escándalo.
Es fragilidad.
Y no estamos entrenados para sostenerla.
GUILLERMO J. L. BOGANI
Editor LUIS I.A.
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