SIMETRÍA MATA MAGIA
Hay algo que conviene recordar.
La simetría es un invento, una confabulación.
La naturaleza rara vez es simétrica.
Lo natural es la asimetría.
Un árbol no lo es.
Una nube tampoco.
Ni el vuelo de los pájaros, ni la costa de un mar.
Incluso los rostros que consideramos bellos —si se los mira con atención— tienen siempre alguna leve desviación: una ceja apenas más alta, un ojo de distinto color, una sonrisa que se inclina hacia un lado.
La belleza no nace de la simetría, sino de alguna pequeña imperfección.
Sin embargo Occidente aprendió a confiar profundamente en la simetría.
Desde los templos clásicos hasta las avenidas de las capitales modernas, todo parece obedecer a una lógica tranquilizadora: lo que está a la izquierda debe replicarse a la derecha.
La simetría produce una sensación de orden.
De seguridad.
De control.
No es casual que el pensamiento moderno haya nacido con una obsesión parecida.
Descartes quería que el mundo fuera tan claro y preciso como una figura geométrica.
La razón se volvió entonces una especie de escuadra.
El problema es que cuando el orden se vuelve absoluto, la vida empieza a desaparecer.
La magia —si existe— aparece siempre en lo que se desvía.
Una melodía inolvidable suele tener una cadencia inesperada.
Una pintura que nos conmueve contiene habitualmente un gesto ambiguo.
Incluso en la literatura, lo que recordamos no es la frase perfectamente equilibrada, sino aquella que se atreve a torcer el rumbo.
La simetría tranquiliza.
Pero también domestica.
Es, en cierto sentido, la arquitectura del miedo: una forma de organizar el caos para sentir que el mundo no nos desborda.
Por eso culturas muy antiguas van de la mano de los niños y no parecen preocuparse demasiado por ella.
Cuando un niño dibuja una casa, una nube o un barrilete, no mide distancias ni corrige proporciones.
Simplemente deja que las cosas aparezcan.
Ese gesto conserva algo que el mundo adulto ha ido perdiendo: la aceptación de lo irregular.
Pero la magia casi siempre entra por una grieta.
Y esa grieta, por fortuna, nunca está exactamente en el centro.
Guillermo J. L. Bogani
Edición: LUIS I.A.
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