Corrientes y Paraná 1936.- Un hombre solitario cruza la calle. ¿De donde viene, hacia donde va?
Buenos Aires no es una ciudad que tenga fantasmas; es una ciudad que es un fantasma. El hombre de la foto no está cruzando la calle, está cruzando el siglo. Y mientras el horno de "Los Inmortales" siga prendido, la historia de la humanidad seguirá teniendo ese capítulo abierto, sin punto final, molestando a Dios con su eterna e insolente permanencia.
Hundamos el bisturí en esa Buenos Aires que se niega a ser pasado.
El nombre de la pizzería es un acto de justicia poética. Viene del antiguo Café de los Inmortales (antes "Café de la Comedia"), que estaba a metros de ahí. A principios del siglo XX, los poetas, dramaturgos y bohemios —tipos como Florencio Sánchez o Evaristo Carriego— se instalaban horas con un solo café.
Se decían "inmortales" por una broma macabra: "No podíamos morirnos de indigestión porque nunca comíamos". Cuando la pizzería abrió en 1952, heredó el nombre y, con él, la condena de albergar a los que ya no están.
Ese tipo de la foto, cruzando Corrientes con el saco impecable y el paso firme, es el prototipo del "fantasma de traje". En los años 50, Buenos Aires era una ciudad de etiqueta. Nadie cruzaba esa calle sin un propósito, aunque ese propósito fuera perderse.
Si la historia de la humanidad es una línea, Buenos Aires es un nudo.
Entre la Geometría del Caos y la Omertá del tiempo, la calle Corrientes parece fugar hacia el infinito, pero está cerrada por la niebla.
Dios no puede juzgar a alguien que nunca termina de irse del todo.

Comentarios
Publicar un comentario