Nadie es para siempre.
Cuando sos joven, el tiempo parece inagotable. Las personas parecen estables, firmes, disponibles. Los padres están ahí. Siempre estuvieron ahí. Uno da por sentado que seguirán estando.
Pero el tiempo hace su trabajo en silencio.
Y un día —sin avisar demasiado— alguien ya no está.
Y lo más difícil no es la ausencia.
Lo más difícil son las palabras que quedaron sin decir.
El abrazo que se postergó.
La admiración que nunca se expresó.
El gesto mínimo que parecía innecesario porque “había tiempo”.
El cariño no es una declaración.
No es decir “yo te quiero”.
El cariño es ejercer el amor.
Es preguntar aunque no tengas ganas.
Es escuchar aunque estés apurado.
Es quedarte cinco minutos más.
Es responder con respeto incluso cuando no estás de acuerdo.
El cariño es práctica.
No siempre es cómodo.
No siempre es espontáneo.
A veces es decisión.
Vos no tenés que estar necesariamente de acuerdo conmigo.
No tenés que pensar como yo.
No tenés que parecerte a mí.
Pero sí me gustaría que entiendas algo que quizás ahora suene lejano:
Las personas que te quieren no son eternas.
Y no porque el mundo sea cruel.
Sino porque la vida es limitada.
Cuando uno pierde a alguien que ama, el dolor no es solo por lo que ya no podrá vivir con esa persona. Es también por lo que no hizo cuando podía hacerlo.
Y ese dolor es más difícil de atravesar que cualquier discusión.
Yo no necesito obediencia.
No necesito que estés siempre de acuerdo.
No necesito que me idealices.
Necesito, como cualquier ser humano, sentir que el cariño está.
Que no soy apenas una presencia funcional en tu vida.
Que no soy solamente quien paga, organiza o resuelve.
Soy alguien que necesita ser querido.
Cuando eras chico, yo te sostenía sin preguntarte si querías.
Te sostenía porque era mi tarea, porque el amor lo tenía en mis brazos.
Ahora el sostén cambia de forma.
Es respeto.
Es reciprocidad.
Es humanidad compartida.
Si alguna vez llegara el día en que yo no esté —como no estuvieron antes los míos— me gustaría que no te quede esa sensación amarga de haber podido decir o hacer algo que no hiciste.
Eso no se resuelve con grandes gestos.
Se resuelve en lo pequeño.
En el modo de hablar.
En el modo de escuchar.
En el modo de estar.
Nadie es para siempre.
Guillermo Bogani
Comentarios
Publicar un comentario