La columna de Guillermo Luis Bogani

 Querido hijo


El calendario —que es una de las ficciones más obedecidas por los hombres— ha decidido que desde ayer sos mayor de edad. Anteayer eras, según la ley, un muchacho; hoy sos, también según la ley, un adulto. Me temo que entre esas dos fechas no ocurrió ningún milagro visible. No despertaste con una claridad nueva en la mirada ni con una sabiduría repentina en las manos. Y, sin embargo, el mundo empezará a exigirte como si algo esencial hubiera cambiado.


Conviene que sepas desde el comienzo que la madurez no llega por decreto ni por cumpleaños. Llega —cuando llega— de un modo más lento, más secreto, casi pudoroso. Se parece menos a una puerta que se abre y más a una luz que, sin que uno lo advierta del todo, va quedando encendida.


Tal vez crecer consista, antes que nada, en aprender a mirarse sin demasiadas excusas y a mirar a los otros con una piedad que no sea condescendiente. Descubrirás pronto que el mundo está lleno de gente apurada por tener razón y bastante escasa de personas dispuestas a comprender. Si alguna vez dudás entre imponerte o entender, probá —aunque cueste— el segundo camino.


No te pido que te vuelvas serio demasiado pronto. La seriedad prematura es una forma elegante de la tristeza. Sí te sugiero que ejercites, casi como quien afina un instrumento, ciertas pequeñas disciplinas invisibles: la atención para no vivir distraído de tu propia vida, la paciencia para no abandonar lo valioso cuando se demora, y el silencio para que tus decisiones no nazcan del apuro sino de alguna zona más honda.


En estos años vas a oír muchas voces que te dirán qué deberías ser. Escuchalas con respeto, pero no con obediencia automática. Hay en cada persona —también en vos— una brújula, no siempre perfecta, que rara vez se equivoca del todo. Algunos la llaman vocación. Otros, destino. Yo prefiero pensarla como una forma persistente del deseo que vuelve, incluso cuando uno intenta ignorarlo.


No la traiciones.


También empezarás —si ya no empezó— a mirar a tus padres con ojos nuevos. Vas a notar sus límites, sus contradicciones, incluso sus errores. Es parte del crecimiento y está bien que así ocurra. Solo te pido que no olvides que, antes de ser esas personas imperfectas que empezás a descubrir ahora, fueron para vos el único refugio. Y que ese oficio —el de ser padre— no se aprende en escuela alguna y casi siempre debe improvisarse del mejor modo posible.


Sobre Dios, o sobre ese nombre enorme que usamos para hablar de lo que nos excede, no tengo instrucciones certeras para darte. Desconfía un poco de quienes parecen tenerlo todo resuelto en ese territorio. A los dieciocho —y quizás a cualquier edad— alcanza con mantener una pregunta honesta y una forma de respeto por el misterio. Si alguna vez la fe te visita, o si alguna vez la duda te ronda, recibí a ambas con la misma dignidad.


No te apures por ser adulto. He conocido personas de sesenta años que todavía estaban ensayando la adolescencia y muchachos muy jóvenes que ya caminaban con una serenidad admirable. La edad, como habrás empezado a sospechar, es una medida útil para los documentos pero bastante imprecisa para el alma.


Si alguna vez te sentís perdido —y es casi seguro que alguna vez te va a pasar— recordá algo sencillo: la vida no espera que tengas todas las respuestas. A veces alcanza con formular mejor las preguntas y seguir caminando.


Te abrazo, hijo, con esa mezcla inevitable de confianza y de temor con que los padres miramos el porvenir. El mundo no es fácil, pero está colmado de sentido y de belleza para quien aprende a mirarlo con amor.


Tu padre


Guillermo José Luis Bogani 

Editor y asistente conceptual Luis I.A.

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