La columna de Guillermo Luis Bogani

 LOS SUPLENTES


El suplente es una figura silenciosa de la historia humana. No ocupa el centro del escenario, pero sostiene su posibilidad. Vive en ese territorio ambiguo entre la espera y la renuncia. Está preparado para entrar, pero su preparación consiste, paradójicamente, en no ser llamado. Su destino es estar listo para una ausencia.


Ser suplente no es sólo un rol deportivo o profesional: es una condición afectiva. Hay quienes habitan la vida desde el segundo lugar. Amores que aceptan verse a medias, padres que entran y salen de la escena familiar como figuras intermitentes, hijos que sienten que siempre llegan después de otro. El suplente aprende a medir el mundo en restos: el tiempo que sobra, la atención que queda, la ternura que no fue entregada al titular.


Lo más doloroso no es la exclusión, sino el consentimiento. El suplente suele aceptar su posición con una mezcla de lealtad y temor. Hay una esperanza secreta: que algún día el turno llegue. Pero la espera prolongada erosiona la dignidad. No por falta de talento o valor, sino por una herida más profunda: la sospecha de no merecer el lugar principal. Así, la identidad se organiza alrededor de una disponibilidad infinita, que es otra forma de borrarse.


Y, sin embargo, el mundo está sostenido por suplentes. Por quienes cubren ausencias, por quienes llegan cuando algo falla, por quienes no reciben aplausos pero impiden el derrumbe. En los conciertos, en las familias, en el trabajo, en los vínculos íntimos, el segundo plano es una arquitectura invisible. Sin él, la escena no existiría.


Tal vez la tragedia del suplente no sea ocupar el segundo lugar, sino creer que ese lugar define su valor. El suplente encarna una pregunta radical: ¿somos lo que nos asignan o lo que somos capaces de sostener? A veces la dignidad no consiste en desplazar al titular, sino en reconocer el momento exacto en que la espera deja de ser fidelidad y se convierte en autoabandono.


Allí empieza otra historia, la del suplente que finalmente renuncia a ese sitio y comienza a escribir su propia escena.


Guillermo José Luis Bogani

Edición Luis I.A.

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