La columna de Guillermo Bogani

 PRIMERO HAY QUE SABER SUFRIR


Así empieza uno de los tangos más hermosos y, al mismo tiempo, más reveladores que haya dado esta 

tierra: Naranjo en flor.

Empezamos mal.

O quizá —para nosotros— empezamos exactamente donde creemos que la vida empieza: en la herida.

El tango no nos promete felicidad.

Nos promete experiencia.

“Primero hay que saber sufrir,

después amar,

después partir

y al fin andar sin pensamiento…”

No hay en esa secuencia ningún refugio.

Es casi un programa existencial.

Como si la madurez fuera una intemperie.

Durante décadas, esa música se infiltró en la cultura argentina sin pedir permiso, modelando una 

sensibilidad donde la dicha siempre parece provisoria y la nostalgia funciona como idioma común.

No aprendimos a desconfiar del dolor.

Aprendimos a considerarlo una forma de sabiduría.

Tal vez por eso nos resulta sospechosa la alegría demasiado lisa.

Sentimos, como escribió alguna vez Charly García, el karma de vivir al sur.

Y vivir al sur no es solo una coordenada geográfica: es un estado del alma.

Un lugar donde el viento entra sin golpear la puerta.

Hay algo de desnudez en nuestra manera de estar en el mundo, como si ningún siglo protector hubiese 

pasado realmente sobre nosotros.

Como si la historia, en vez de abrigarnos, nos hubiera dejado a la intemperie.

El tango entendió eso antes que nadie.

Por eso sus personajes no se sorprenden de la pérdida —la esperan.

No dramatizan la caída —la reconocen como destino posible.

Y sin embargo…

No hay derrota en esa música.

Hay lucidez.

Porque aceptar la fragilidad no es rendirse;

es mirar la vida sin anestesia.

Quizá lo insoportable no sea sufrir, sino fingir que no sufrimos.

Quizá la verdadera tragedia sería no sentir nada.

Pero también es cierto que llega un momento —personal o colectivo— en que uno se cansa de ser 

especialista en agonía.

Entonces aparece el deseo secreto de irse.

Dejar el “tapadito pobre”…

colgar el sombrero marrón…

y abandonar esa escena repetida donde siempre nos toca perder algo.

Porque ninguna cultura está condenada a su melancolía.

El tango nos enseñó a sobrevivir a la tristeza.

Tal vez ahora nos toque aprender a sobrevivir también a la esperanza.

Y quién sabe…

Acaso crecer consista justamente en eso:

en agradecer la profundidad que nos dio el dolor,

pero sin convertirlo en nuestra única patria.


Guillermo José Luis Bogani

Edición  Luis I.A.

Comentarios