Lo que sobra
Cuando se habla del padre, también hay cosas que sobran.
No porque estén de más, sino porque no se pueden gastar.
Sobra cierta manera de mirar el mundo, como si hubiera que evaluarlo antes de aceptarlo.
Ese juicio silencioso que no se explicita pero organiza la forma de estar en la vida.
Sobra una exigencia que ya no tiene destinatario. El hijo sigue cumpliendo metas que nadie le pidió, y
sin embargo siente que debe cumplirlas igual.
Un padre enseña incluso cuando ya no está.
Sobra la voz del padre adentro de la cabeza del hijo. No la voz evidente, la que ordena o aconseja, sino
la otra: la que opina sin decir una palabra. Esa voz no muere. Solo se vuelve más baja.
Sobra el gesto de medir la distancia con el otro. Los hombres de ciertas generaciones amaron en
volumen bajo, con luz tenue, como si el cariño debiera ser discreto.
Sobra el miedo heredado. No el miedo al peligro, sino el miedo al fracaso.
Sobra una forma de callar. Los padres enseñan el silencio como defensa, como coraza, como método.
El hijo aprende y no sabe cuándo dejar de usarlo.
Sobra la ternura no dicha. La ternura que nunca se pronunció en voz alta. Cuando se traduce, ya no hay
destinatario.
Sobra una sombra. No oscura, sino persistente. Una sombra que acompaña más que estorba, pero que
está ahí aunque uno camine al sol.
Sobra —finalmente— el padre. Incluso cuando falta. Lo que queda Después del padre, queda algo. No
siempre es claro. No siempre es amable. Pero queda.
Queda una manera de caminar hacia adelante, aunque no haya nadie viendo. Queda cierta idea de
responsabilidad que no se discute, se ejecuta.
Queda el deber sin destinatario, que es el deber más raro de todos.
Queda una forma de ordenar el mundo. Y también una forma de soportarlo. El padre enseña más sobre
el soporte que sobre el disfrute.
Queda una tristeza que no es depresión. Es la tristeza del reconocimiento: entender que las vidas tienen
límites y que la de él tuvo los suyos.
Queda cierta dignidad. Incluso si no fue evidente en vida.
Queda lo que uno heredó sin haberlo querido: La paciencia. La dureza. El miedo. La valentía.
Queda una continuidad que no es biológica. El padre queda en el modo en que tomás decisiones, en el
modo en que reprimís reacciones, en el modo en que pedís disculpas o evitás pedirlas.
Y queda, finalmente, algo que no se define. No es enseñanza. No es recuerdo. No es culpa. No es
gratitud.
Es una forma de compañía que no pide nada. Lo que queda del padre no se resuelve. Se habita.
Guillermo José Luis Bogani Edición Luis I. A.
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