Hay un miedo que no se confiesa.
No porque sea vergonzoso, sino porque es difícil de nombrar sin traicionarlo.
Es el miedo a los hijos.
No el miedo por los hijos —ese está socialmente aceptado, incluso celebrado—, sino el miedo a ellos. A lo que traen, a lo que abren, a lo que desarman. A lo que ya no vuelve a cerrarse después de que aparecen.
Un hijo es una irrupción. No llega como una continuidad de lo que éramos, sino como una fractura irreversible. Algo entra en el mundo y, al hacerlo, nos saca del centro. El miedo nace ahí: en la pérdida del eje propio. En la intuición —nunca del todo consciente— de que ya no seremos los mismos, y de que tal vez no sepamos quiénes seremos a partir de ahora.
El hijo es futuro encarnado.Y el futuro, cuando deja de ser abstracto, asusta.
Porque mientras el futuro es una idea, se puede domesticar. Pero cuando tiene rostro, respiración, llanto, preguntas, errores propios, decisiones que no entendemos, el futuro se vuelve ingobernable. Y el miedo aparece como aparece siempre: cuando se pierde la ilusión de control.
Hay padres que temen no estar a la altura. Otros temen repetir lo que juraron no repetir.
Otros, más silenciosamente, temen que el hijo vea. Que vea demasiado. Que vea las grietas, las renuncias, las claudicaciones, los sueños abandonados. Porque el hijo no juzga, pero espeja. Y el espejo, cuando no se lo pidió, puede ser insoportable.
También hay un miedo más hondo, menos dicho todavía: el miedo a amar sin red. A amar algo que puede doler más de lo que creemos poder soportar. Porque un hijo no es un objeto del amor: es una exposición. Amar a un hijo es quedar vulnerable a una intensidad que no admite ensayos.
El miedo, entonces, no es cobardía. Es lucidez sin anestesia.
Hay quien cree que el miedo se supera. No siempre. A veces se aprende a convivir con él. Como se convive con una cicatriz que no duele todos los días, pero que recuerda que algo nos atravesó de verdad.
El miedo a los hijos también aparece cuando crecen. Cuando ya no necesitan la mano, pero sí el permiso. Cuando se alejan no para huir, sino para existir. Entonces el miedo cambia de forma: ya no es miedo a fallar, sino miedo a sobrar. A no ser necesario. A convertirse en una presencia lateral en la vida de aquello que fue, durante un tiempo breve y absoluto, el centro.
Quizás por eso el miedo a los hijos sea, en el fondo, miedo a aceptar el tiempo. A aceptar que todo vínculo verdadero es transitorio en su forma, aunque no en su sentido. Que criar no es retener, sino preparar la pérdida sin dramatizarla, sin negarla.
Un hijo no viene a completarnos. Viene a desordenarnos con una exigencia ética brutal: hacernos cargo de alguien que no nos pertenece.
Y ahí está el miedo mayor: descubrir que amar no garantiza resultados. Que se puede haber hecho todo “bien” y aun así no ser comprendido. Que no hay contrato, ni reciprocidad asegurada, ni promesa de permanencia.
Tal vez por eso el miedo a los hijos sea inseparable del amor verdadero. Porque solo se teme perder lo que no se puede reemplazar. Porque solo da miedo aquello que importa más de lo que podemos decir.
El miedo a los hijos no se cura. Se transforma.
A veces en silencio. A veces en cuidado.
A veces en una mirada que se corre un poco hacia atrás para no interferir, pero no se va.
Y en el mejor de los casos, ese miedo se vuelve una forma rara de confianza: la confianza de aceptar que no sabemos, que no controlamos, que no somos el centro… y que aun así, algo profundamente humano sigue teniendo sentido.
No como certeza. Como posibilidad.
Y como toda posibilidad, solo a veces, simplemente, acontece.
Guillermo Bogani
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