EL CUMPLEAÑOS DE PAPÁ 1ra. parte. La columna de Guillermo Bogani


 Lo que falta

 Cuando se habla del padre, siempre falta algo.

 Falta lo que no se cuenta. 

Falta lo que no tiene forma de relato. 

Falta lo que no es tragedia, ni gloria, ni enseñanza, ni anécdota. Es otra cosa. 

Falta el gesto mínimo que no vimos hasta que ya no estaba. 

Falta la torpeza que era cariño con otro nombre. 

Falta el silencio que no sabíamos leer. 

Falta lo que quiso darnos y no supo cómo. 

Falta lo que no quiso darnos y eso también es herencia. 

Falta el día en que uno entiende —muy tarde— que los padres no son padres, son hombres intentando ser algo para otro. 

Falta la conversación que nunca ocurrió. 

Falta el abrazo que no se produjo, o que sí ocurrió pero sin testigos, y hoy parece inventado.

 Falta todo lo que nos enoja de él, porque la muerte convierte el enojo en nostalgia y la nostalgia en un cierto tipo de perdón torcido. 

Falta lo que hubiera pensado de nosotros ahora. 

Lo que hubiera aprobado. 

Lo que hubiera dicho que no. Lo que habría preferido callar.

 Uno se vuelve interlocutor del que ya no responde, y esa charla silenciosa es más larga que cualquier discusión. 

Falta el modo en que caminaba. 

El modo en que se sentaba. El modo en que se cansaba. Falta el día en que lo vimos como hombre y no como padre. 

Ese momento siempre llega tarde. 

Falta la palabra que no dijo, pero igual quedó dicha en otra parte, como si el lenguaje tuviera memoria propia. 

Falta lo que ya no esperamos, porque el hijo —cuando el padre no está— empieza a desear menos y a comprender más. 

Falta todo eso. 

Falta también lo que no sabemos que falta. Ese resto que no tiene nombre, pero que se acomoda en el pecho y se queda.

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